El hilo blanco de la luna negra. Como si a lo demás alrededor se lo hubiera tragado la tierra, Juan Sanfasón sinrazón apeló igual que siempre al despropósito de maldecir por eso a nadie, de largar la injuria sin destino ni destinatario de endilgar improperios a diestra y siniestra, que soltó como si nada mientras un escalofrío se le iba de los pies a la cabeza, pensaba que estos otros tantos y nuevos embrollos juntos además de los suyos tenían que ver con las muchas ganas de orinar que le venían cuando se ponía nervioso igual que ahora, afligido fregado confundido, por eso se palpó y se tocó entero despacio y se recorrió buena parte de su contextura huesuda y venosa, probando si lo que le pasaba no era nada más que la parte de los sueños alborotados que últimamente había tenido gracias a los chismes de los demás por el cambio de siglo que ya se diera, preocupado como andaba él mismo por determinar su edad en lo que unos cuantos lo ayudaban, de las profecías del fin del mundo que se le mezclaban con la referencia que le habían dado con que nació como en el ochenta y dos y que por lo tanto andaba por los veinticuatro años, pero nada sacaba de la parte o el todo de sus sopores y asonadas. A Juan Sanfasón el corazón se le aceleró por no saber del entorno y suponiendo que es mejor avanzar y caminar por esas calles desconocidas y elegir entre direcciones y sentidos, aunque no se sepa bien el porqué ni por disposición d quién hay que escoger entre la derecha y la izquierda ir para adelante o volver, Juan Sanfasón se sintió eslabón de una cadena de recuerdos difundidos antes y que se interrumpen pero que dan vueltas en su cabeza como chispazos de carbón explotando, de asociaciones cotidianas que no se pueden hacer al instante y que permitirían acomodar el de dónde se viene con el adónde se va pero ausentes, como Liborio el compinche entrañable que no aparece para aclarar la incertidumbre de golpe, la perplejidad de no saber adónde se está parado ni sentado, qué son estos pasos, estas vías tan limpias de basura y ornamentadas con vegetación abundante, estas avenidas sin bullangas ni gente recordaba, cuando no hace más de dos días estuvieron juntos con el negro una noche en vela tratando de ubicar en el firmamento al cometa Halley de cabeza luminosa y cola iridiscente y larga, divirtiéndose gratis igual que todas las veces acostumbrados como estaban a no tener un peso en el bolsillo, disfrutando del paso del cometa y del espectáculos de luz y de colores sin ligar nada de las compras y ventas, de las donaciones o cesiones que se hicieron entre los que creyeron con desesperación o con miedo que era la última vuelta de ese meteorito de tamaño pasando cerca, muy cerca del planeta, casi para chocar según los conspicuos astrónomos que por suerte se equivocaron. Un chucho más le apareció y otros chuchos, y otros, él también se impacientaba y era asustadizo como cualquiera ante lo desconocido, contemplando impávido es paisaje de desolación perfecta de esos bulevares que turbaban, Liborionauta, hasta que un día esos colores se pusieron firmes en el cielo convertido en una gigante pantalla de Word en el paseo del bicentenario en el despliegue de gente y de mensajes virtuales.
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Thursday, May 27, 2010
liborionauta
El hilo blanco de la luna negra. Como si a lo demás alrededor se lo hubiera tragado la tierra, Juan Sanfasón sinrazón apeló igual que siempre al despropósito de maldecir por eso a nadie, de largar la injuria sin destino ni destinatario de endilgar improperios a diestra y siniestra, que soltó como si nada mientras un escalofrío se le iba de los pies a la cabeza, pensaba que estos otros tantos y nuevos embrollos juntos además de los suyos tenían que ver con las muchas ganas de orinar que le venían cuando se ponía nervioso igual que ahora, afligido fregado confundido, por eso se palpó y se tocó entero despacio y se recorrió buena parte de su contextura huesuda y venosa, probando si lo que le pasaba no era nada más que la parte de los sueños alborotados que últimamente había tenido gracias a los chismes de los demás por el cambio de siglo que ya se diera, preocupado como andaba él mismo por determinar su edad en lo que unos cuantos lo ayudaban, de las profecías del fin del mundo que se le mezclaban con la referencia que le habían dado con que nació como en el ochenta y dos y que por lo tanto andaba por los veinticuatro años, pero nada sacaba de la parte o el todo de sus sopores y asonadas. A Juan Sanfasón el corazón se le aceleró por no saber del entorno y suponiendo que es mejor avanzar y caminar por esas calles desconocidas y elegir entre direcciones y sentidos, aunque no se sepa bien el porqué ni por disposición d quién hay que escoger entre la derecha y la izquierda ir para adelante o volver, Juan Sanfasón se sintió eslabón de una cadena de recuerdos difundidos antes y que se interrumpen pero que dan vueltas en su cabeza como chispazos de carbón explotando, de asociaciones cotidianas que no se pueden hacer al instante y que permitirían acomodar el de dónde se viene con el adónde se va pero ausentes, como Liborio el compinche entrañable que no aparece para aclarar la incertidumbre de golpe, la perplejidad de no saber adónde se está parado ni sentado, qué son estos pasos, estas vías tan limpias de basura y ornamentadas con vegetación abundante, estas avenidas sin bullangas ni gente recordaba, cuando no hace más de dos días estuvieron juntos con el negro una noche en vela tratando de ubicar en el firmamento al cometa Halley de cabeza luminosa y cola iridiscente y larga, divirtiéndose gratis igual que todas las veces acostumbrados como estaban a no tener un peso en el bolsillo, disfrutando del paso del cometa y del espectáculos de luz y de colores sin ligar nada de las compras y ventas, de las donaciones o cesiones que se hicieron entre los que creyeron con desesperación o con miedo que era la última vuelta de ese meteorito de tamaño pasando cerca, muy cerca del planeta, casi para chocar según los conspicuos astrónomos que por suerte se equivocaron. Un chucho más le apareció y otros chuchos, y otros, él también se impacientaba y era asustadizo como cualquiera ante lo desconocido, contemplando impávido es paisaje de desolación perfecta de esos bulevares que turbaban, Liborionauta, hasta que un día esos colores se pusieron firmes en el cielo convertido en una gigante pantalla de Word en el paseo del bicentenario en el despliegue de gente y de mensajes virtuales.
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