El hilo blanco de la luna negra. En un abrir y cerrar de ojos Juan Sanfasón se despertó sin razón, sin ninguno de los tantos motivos que le llenaban los días cualquier día de todos sus días de los diez años que pasaron cuando pensó que se perdía el mundo en mil novecientos, se despabiló sin ninguna de las repetidas órdenes del capataz que se escuchaban desde la madrugada hasta el atardecer de cada jornada de jornales mal pagados aún en la condición de entenado. Y le extrañó bastante que nadie lo apurara para decirle que hay que ayudar con el ordeñe, con alimentar a los chanchos y a las gallinas, con recoger los huevos o cosechar las verduras que refuerzan el guiso de los almuerzos o el puchero, con el trabajo de limpiar los potreros o de ensillar los caballos de los que tienen otras tareas socorriendo hasta el cansancio y la oración en todo y a todos, como complemento y prerrogativa de criado consentido, lidiando como el pero de los sirvientes. Lo sorprendió encontrarse entre los dos bulevares que tenía ante su vista, no sabía de ellos ni sabía porqué estaba allí en medio de fachadas de casas desconocidas, de esos canteros de barro apelmazado cocido y atestados de flores de adorno y multicolores, de botijos largos y angostos y muy bien cuidados, parado sobre un empedrado que conocía muy poco por su forma y porque a los permisos para llegarse hasta el centro los ligaba de vez en cuando, así que estaba más acostumbrado al espacio y a los ruidos de la finca que al trajinar de la ciudad cercana, al bullicio de la taberna a la que iba a tomar con los amigos en la orillas, que al ruido del trote de los caballos que tiraban los Mateos que transportaban a los señores importantes de aquí para allá, desde sus casas a las oficinas públicas, los coches de paseo que siempre llegaban conducidos por los cocheros hasta los domicilios de las señoras y de los caballeros para arrimarlos al club donde se juntaban para las tertulias y en el que organizaban los bailes sociales donde a la vista de todos presentaban a las señoritas y a los señoritos atildados en sociedad. Lo conmovió comprobar que los bulevares se notaban ahí, a los costados de donde estaba parado, imponentes y sin otras portadas que le confirmaran al frente o atrás que fueran parte de esa ciudad a la que no iba muy seguido pero que era la suya. Juan Sanfasón Liborio fue y yo Mario llevo los genes de ese Liborio, en donde él ande volando mientras yo vuele en el ciberespacio acá nos juntamos.
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Wednesday, May 26, 2010
liborionauta
El hilo blanco de la luna negra. En un abrir y cerrar de ojos Juan Sanfasón se despertó sin razón, sin ninguno de los tantos motivos que le llenaban los días cualquier día de todos sus días de los diez años que pasaron cuando pensó que se perdía el mundo en mil novecientos, se despabiló sin ninguna de las repetidas órdenes del capataz que se escuchaban desde la madrugada hasta el atardecer de cada jornada de jornales mal pagados aún en la condición de entenado. Y le extrañó bastante que nadie lo apurara para decirle que hay que ayudar con el ordeñe, con alimentar a los chanchos y a las gallinas, con recoger los huevos o cosechar las verduras que refuerzan el guiso de los almuerzos o el puchero, con el trabajo de limpiar los potreros o de ensillar los caballos de los que tienen otras tareas socorriendo hasta el cansancio y la oración en todo y a todos, como complemento y prerrogativa de criado consentido, lidiando como el pero de los sirvientes. Lo sorprendió encontrarse entre los dos bulevares que tenía ante su vista, no sabía de ellos ni sabía porqué estaba allí en medio de fachadas de casas desconocidas, de esos canteros de barro apelmazado cocido y atestados de flores de adorno y multicolores, de botijos largos y angostos y muy bien cuidados, parado sobre un empedrado que conocía muy poco por su forma y porque a los permisos para llegarse hasta el centro los ligaba de vez en cuando, así que estaba más acostumbrado al espacio y a los ruidos de la finca que al trajinar de la ciudad cercana, al bullicio de la taberna a la que iba a tomar con los amigos en la orillas, que al ruido del trote de los caballos que tiraban los Mateos que transportaban a los señores importantes de aquí para allá, desde sus casas a las oficinas públicas, los coches de paseo que siempre llegaban conducidos por los cocheros hasta los domicilios de las señoras y de los caballeros para arrimarlos al club donde se juntaban para las tertulias y en el que organizaban los bailes sociales donde a la vista de todos presentaban a las señoritas y a los señoritos atildados en sociedad. Lo conmovió comprobar que los bulevares se notaban ahí, a los costados de donde estaba parado, imponentes y sin otras portadas que le confirmaran al frente o atrás que fueran parte de esa ciudad a la que no iba muy seguido pero que era la suya. Juan Sanfasón Liborio fue y yo Mario llevo los genes de ese Liborio, en donde él ande volando mientras yo vuele en el ciberespacio acá nos juntamos.
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