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Friday, May 28, 2010

aniversarios

El hilo blanco de la luna negra. En un lejanía que ahora se le poblaba de influjos oscuros de pesadillas de insomnios de sueños incompletos que se le poblaba de muchedumbres de cuerpos desconocidos conocidos y reconocidos y que filtrándose por todos lados lo fastidiaban, ahí estaba sin saber porqué en medio de personas de materias insondables sombras de personas de fantasmas que le hacían sospechar que se burlaban de él que no es nadie que lo ignoraban como lo ignoran algunos que le reclamaban, sombras que parecían entrar y salir de las casas que en realidad son ilusiones como sus sueños pesadillas sopores sin cesar que lo llevaban a suponer que esos otros invisibles cargaban con su presencia como si la notaran. Su llegada tal vez la parsimonia del espanto lo confirmaba llegar así sin conciencia estar ahí porque se está sin un motivo anterior sin un motivo de ahora, sentía que las personas saltaban corrían y se iban y volvían mezclándose con la neblina espesa como sus conjeturas sin respuestas, sin revueltas ni apuestas momentáneas, y los minutos pasaban y su transpiración lo mojaba demasiado, lo notaba en gotas amargas que le caían de la cabeza a los labios, y parecía que por el crepúsculo no podía ver las fisonomías y los perfiles de las figuras desplazándose cerca de él como si fueran gases o fluidos con contornos que apenas se distinguen sin sustancia, difícil para que dijera conozco y no se movían tan lejos lo que complicaba afirmar lo contrario decir desconozco, se trataba más bien de sensaciones contactos etéreos perturbaciones, aprensiones al suponer que la barahúnda parecía estar armada para que recordara actitudes para que se acordara de acciones antes que para mezclarlo en peleas que no sentía moviéndose solamente en la modorra grescas que conocía y en las que sabía defenderse a capa espada, Juan Sanfasón renegón se enfrentaba a una agresión desconocida que no requería de puños ni de cuchillos qué raro, de presentimientos que lo atormentaban de proximidades que le marcaban errores que lo mataban y se le venían en cascadas de hechos ciertos e inciertos en su vida. Ni era el momento para fijarse en ello, aún en su ignorancia de no saber de aquellas palabras se daba cuenta de sus desaciertos, cerrando los ojos sus errores en sus pensamientos eran personas de carne y hueso con nombre y apellido algunas a las que dañara de distintas formas, un largo desfile y pasar de individuos varones o mujeres de su vida cotidiana, amigos allegados y no tanto con los que alguna vez tuvo alguna historia pesada objetos, sólo cosas, Juan sanfasón calentón de sus arrepentimientos tardíos, de las purgas que se mandaba en alguna comilona adobada con vino picante y mondongo, al fin y al cabo protagonistas aquellos directos e indirectos de las defensas que hacía de sí mismo cuando pasaba de malo a bueno, justificándose sin asentimientos o consentimientos de quienes lo escuchaban, esos mismos seres que en el instante se le ocurrían en blanco y negro, apenas un garabato de sombras tal cual aparecían en los daguerrotipos que adornaban cómodas o mesas de la sala en la casa de los patrones, padres o tutores no lo sabía tampoco y de eso no se hablaba. Juan Sanfasón fanfarrón tembló por sus dudas, si no conocía ninguno de los paseos solitarios entre los que se viera de golpe y supiera lo que sabía y los que no sabía de las imágenes difusas a lo mejor personas a lo mejor fantasmas que se le amontonaban angustiándolo, se trataba de vacilaciones embromadas, de sospechar que no estaba en el mundo conocido y si era desconocido se encontraba en el dilema de su muerte de una muerte cualquiera, ese estado que conocía por tantos relatos escuchados en anocheceres de desvelos y en conjeturas de curdas, cuentos fantásticos de fanáticos comunes, diferentes algunos o iguales o indiferentes recordados por aquellos que cuestionaban a su manera, esas otras muertes que hasta ahí le significaban haber desaprovechado tiempos y oportunidades de ser mejor, no haber tirado como lo hizo la vida como la casa por la ventana. Si estaba muerto los bulevares eran el cielo y el infierno y él estaba por decirlo parado en el purgatorio, o sentado en todo caso inmovilizado impelido a movilizarse por esas máculas sobrias umbrías y movedizas que lo llevaban ahora a preguntarse porqué toda esa miríada deambulando a su alrededor y junta, si salvo raros accidentes las defunciones nunca son simultáneas, los decesos de los que se quiere con el óbito de los que no se quiere y de aquellos que fueran parte de su desinterés o su abulia no pueden ser al mismo tiempo, recuerda pecados propios y de los otros, la recapitulación de las equivocaciones y con quienes se las tuvo en vida, y se las está teniendo en el edén y en el abismo, el caos y las tinieblas de lo que antes y siempre presumió de no temerles, asegurando que un macho o un gaucho se aguanta la mezcla de fuegos y de placeres eternos, error por no advertir la diferencia entre hacerse el varón iracundo cuando se está seguro y el ser miedoso cuando se pisa en falso, el craso error de ser tan iletrado como para no tener noción del paso del tiempo, de los días y de los vientos que descuentan años de daños y estiran la piel y la arrugan, como para no saber que con el paso de ellos se acumulan arrepentimientos y cortas e infinitas expiraciones. El cielo a la derecha y el infierno a la izquierda o al revés como siempre no estaba seguro de nada nunca estaba seguro de nada pero sí de que era el momento de elegir o al menos la tregua de que alguien le dijera para dónde caminar, seguir el curso de sus impulsos de resolver por fin ese instante, de sus observaciones de sus caprichos de sus ganas, de antes y de ahora de mañana, pero nada, las disposición la exposición y la historia en el escenario que lo involucraba y lo excluía ninguna de esas situaciones se modificaban con sus ganas. Juan sanfasón con razón respiró aliviado cuando descubrió algo nuevo en el tablado intocable profuso copioso, una luna negra inmensa allá lejos bien lejos y encima de su cabeza, una hebra casi un filamento un hilo blanco que de esa luna bajaba hasta muy al alcance de su mano, dos elementos que le daban la posibilidad de salir del lugar adonde estaba o tal vez se tratara del ofrecimiento de alguien desconocido para un escape también ignorado y de ignotos rumbos o paraderos. Con desconfianza, con temor a que el hilo blanco se cortara lo agarró lo mismo en la la inesperada aventura aún no iniciada, irreconocible. Y Juan sanfasón subió, ascendió todo lo que pudo, alzándose desahogado de aquel ambiente indeseable en el que estuvo. Y cuando la luna había aumentado su tamaño por la proximidad en la que él se encontraba, esa cosa redonda y oscura que nada le deparaba se fue transformando en la cara de Liborio, devolviéndole todo el infortunio de sus vidas y a ese amigo tan cándido que lo zarandeaba y lo retaba como lo reta en ocasión de cada borrachera. Y fue comprobando de a poco que se había quedado dormido con uno de sus codos en el salivadero de la estación de la ciudad en la que estaban, y recordó que unas horas antes habían llegado con su compañero para despachar unas botas y unas monturas a Buenos Aires. El centenario de la revolución estaba cerca, y no era cosa que esa infanta colorada, gorda y atrevida según contaban llegada desde la madre patria para esta fiesta, se burlara de sus fachas de fieras de gauchos temerarios, aunque ella no supiera de ellos y no le interesara nada, aunque siguiera creyendo que el país era ese puerto al cual arribara, y no las provincias entre la que está la de él y el pueblo enterrado de Esteco carajo. Cuando cumplieron con la diligencia y se tuvieron que ir, Juan Sanfasón muy cabrón sacó fuerzas desde adentro, y pensó de nuevo en aquel sueño que tuvo del hilo blanco de la luna negra que lo devolvió al mundo que le gustaba y disfrutaba, en esta siesta de tartufo de la que salio asiendo la hebra y escapando por el hilo blanco de la luna negra, el hilo blanco como blancas son sus penas de la luna negra como negras son sus muertes. Si hubieras visto ahora Liborionauta cien años después este hervidero de gente este hormiguero gigante de personas merodeando y curioseando por cada una de las propuestas de bailes de comidas de despliegue de última tecnología en fuegos artificiales

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