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Tuesday, May 25, 2010

calenturas

Tome y daca. Un pendejo de esos tira más que dos yuntas de bueyes para el que compra y también para el que vende y para cualquiera y también para estos brutos conquistadores que son un rejunte de tipos con ganas de cambiar monedas por atenciones con buenas intenciones sexo femenil y andar circulando como si nada pasara con sífilis y con escorbuto porque ni pensaron cargar naranjas o limones para un viaje largo lo que ellas tampoco pensaron y siendo menos que ellos más los propósitos de todos ellos que navegan juntos llevando encima sus problemas personales sus embarazos no confesados y sus negociados allá lejos del lugar donde nacieron negocios en los que perdieron más que ganaron sino no andarían por estas latitudes, de poner si se saca o de sacar si se pone pero que en realidad vienen a buscar lo que en otros lados se les niega porque ya lo vivieron y tuvieron mala suerte o mala fortuna dilapidada antes por ellos mismos o por parientes dispendiosos de patrimonios que ya no tienen, un vello de esos si ellas quieren mueven caballeros y entre ellos hay muchos príncipes sucios y venidos a menos muchos duques que gozaron de los favores de reyes que ya murieron, marqueses sin tierras después de sus reveses comerciales varones de mucho linaje y poca hacienda en otras épocas que van dejando Europa porque ya no tienen y se aventuran a la América con el sueño de volver a tener esplendores perdidos, ellas tienen eso que tira más que una yunta pero también un cojón de esos y ellas que no lo tuvieran vale más que una docena de cojones de valientes soldados malheridos porque ellas no estarán en las vanguardias pero sí firmes en las retaguardias cuando vienen las inclemencias no solamente del tiempo sino también de las enfermedades de los ataques de los salvajes que les infieren heridas a sus hombres que se resisten también de las pestes de las enfermedades para las que no hay diferencias de rangos, y se paran y se levantan como sacan y ponen y como contó Ulrico Schmidel, soldado de la expedición que quisieron levantar allí una ciudad con un muro de tierra como de media lanza de alto a la vuelta, y adentro de ella una casa fuerte para nuestro general Don Pedro cansado y enfermo el muro de la ciudad que tenía de ancho unos tres pies mas lo que un día se levantaba se nos venía abajo al otro un pobre rancherío en las orillas del plateado río que lleva a la mar que conduce a la Alcántara; a esto la gente no tenía que comer, se moría de hambre, y la miseria era grande por fin llegó a tal grado que ya ni los caballos servían, ni alcanzaban a prestar servicio alguno así aconteció que llegaron a tal punto la necesidad y la miseria de varones que alguna vez tuvieron y ensalzaron a sus mujeres con presentes y regalos que por razón de la hambruna ya no quedaban ni ratas, ni ratones, ni culebras, ni sabandija alguna que remediase la gran necesidad e inaudita miseria que los llevó hasta comerse los zapatos y cueros de desesperación que ellos lo hacían no como ellas que también supieron que el hambre fue tamaño aunque no se los reconozcan, que ni la de Jerusalén se le puede igualar ni con otra ninguna se puede comparar así en lavarles las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas y cuando algunas veces los indios les venían a dar guerra –hasta acometer a poner fuego en los versos y a levantar los soldados- los que estaban para ello, dar alarma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados. Porque en este tiempo –como las mujeres nos sustentamos con poca comida- no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres que ellos no lo hacen como ellas que andan de acá para allá después de poner hasta el culo sin ninguna recompensa habrá escrito la Isabel de Guevara a la reina Juana.

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