
El compadrito. Cuando abrió el Comodín hacían pocos días que habíamos cambiado los bailes por los castillos de arena que no eran castillos de arena como nuestras madres veían que se hacían los fuertes en las playas que salían en las fotos de riberas remotas donde jugaban niños hermosos de padres hermosos de gente maquillada y hermosa que por la foto nos imaginamos era gente sin problemas, personas de ensueño en lugares de ensueño inalcanzables para nosotros pero que se podían tocar como fotos rozadas por palmas de manos que disparaban sueños en las páginas del Vosotras o del Para Ti, que no eran esas fortalezas sino simples caminitos que hacíamos para nuestros soldados y autitos, cuevas y puentes de nuestras precarias ingenierías y conocimientos militares de generales sin guerras, que con nuestras manos y un poco de agua hacíamos en las montañas de arena que teníamos en el fondo de casa donde nos pasábamos horas y horas jugando cuando no teníamos más problemas que diseñar estrategias de guerras con soldaditos de plomo o de plástico con una sola posición que además eran otras dos porque esos leales conscriptos estaban tirando o estaban montando guardia en las jugueterías no encontrábamos otras posiciones, cuando abrió el Comodín boliche de los boliches con bolas de luces con flashes pista auxiliar de rock y de lentos al mismo tiempo y ocho barman que preparaban tragos exóticos ya habíamos ido en un par de oportunidades y de colados a dos bailes de carnaval en Florencia el lote más conocido de todos los lotes que quedaban cerca del pueblo a los que más que a otras cosas íbamos a espiar cómo se divertían los bolivianos que a carradas traían los patrones de la empresa para la zafra, ya teníamos una idea de cómo era la razón de las milongas que eran distintas milongas las del Comodín y los lotes ya teníamos una idea de cómo los varones debíamos fichar a las mujeres y hacerles unas pestañeadas o movimientos imperceptibles de la cabeza para que de lejos nos asintieran sobre la posibilidad o no de bailar con nosotros, ya teníamos una idea que si acertábamos a bailar el baile podía terminar en contactos sensuales que nos hicieran más que avispar con esas sensaciones tan placenteras sobre las no sabíamos casi nada, cuando abrió el Comodín es como que dijimos muy bueno compadrito esta es la nuestra de poder hacernos de una mina, aunque cuando abrió el Comodín no nos dimos cuenta que no sabíamos todavía muy bien qué haríamos con la mina. Cuando abrió el Comodín, hacían pocos días que habíamos cambiado prefiriendo los bailes a los castillos de arena, nos hicimos compadritos sin advertir que fuimos compadritos huérfanos de comadres
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