
Alborotos. Nunca sonaron las campanas, con las campanas no nos metimos, malignos fuimos aunque fuimos niños y fuimos perversos con eso de molestar a cientos de hormigas miles de hormigas que comenzaran a dispersarse de su prolija fila de trabajo cada vez que un zapato de nosotros les proyectaba una sombra tapándoles el cielo y el paso de la luz del sol por la que probablemente se guiaran para llegar al hormiguero incansables trabajadoras, todos los días a cada rato de cada día de ese verano lo mismo repitiendo al infinito eso de embromarles el minucioso trabajo de llevar con cuidado ramitas u hojitas en un sentido aunque fuimos y volvimos en esas siestas de cientos de inventos y juegos de miles de distracciones que se nos ocurrían con tal de llenar nuestros tiempos, malignos fuimos con eso de recogerlas por montones en papeles de diario que antes juntáramos para raspar el piso con nuestras manos aplicándoles sin ascos el físico aprovechando que fuéramos más grandotes que ellas aunque nuestras manos fueran todavía pequeñitas, malditos y molestos con ellas que nunca se metieron con nosotros o que lo peor que nos hicieran fuera dejarnos algún sarpullido o una pequeña mancha roja que picaba en algunas partes de nuestro cuerpo ni la sombra de lo que hicimos nosotros en ese entuerto que tuvimos, malditos y metidos que corríamos escapando del cura aprovechando que almorzaba con la familia que lo cuidaba para subirnos al alto campanario, al atalaya de esa torre de la capilla de la virgencita del rosario que por ahí no pero que después y seguramente nos habrá perdonado esas travesuras que según nosotros no fueron sangrientas porque eran animalitos tan livianos que volaban con cualquier brisa que pasaba teoría de conventillo la nuestra, que según nosotros no les hicimos daño porque lanzábamos los insectos frágiles laboriosos y movedizos desde arriba del campanario con ventanas como arcos a los cuatro puntos cardinales al viento y nunca volvíamos a verlos, una y otra vez subíamos apurados saltando de a dos los peldaños de esa escalera de madera que crujía a nuestro paso como si fuera una señal de alerta para el cura que cuando se enteraba renegaba y nos mandaba poco menos que a la mierda en una mezcla de alemán y castellano o para el monaguillo que se hacia como que no nos veía y que a la hora en que andábamos se concentraban en la sopa así transpiraran la gota gorda. Malignos fuimos pero nunca hicimos alborotos con las campanas aunque fuimos niños y fuimos perversos privando del sol a esos diminutos animalitos que no nos hicieran nada desorganizándolos poniéndolos en peligro en esa época cuando a nosotros nadie nos molestaba.
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