El hogar feliz. Don Manuel casi no recuerda cómo era el aspecto de su padre porque se fue cuando era un niño, un gallego puro que desde que sí se acuerda él le enseñó de las ventajas del trabajo de que se debe empezar pronto en la vida para tener mucha plata y ahorrar y dárselo a la familia parte que no entendió porque él no pudo armar una familia y nunca le habló de cuándo se termina con el trabajo, el duro trabajo de todos los duros días de su vida no tiene lugares para el descanso, ni para el descanso de él que oficia como jefe del grupo Don Manuel sus dos hermanos y los dos muchachotes que además de ser sus ayudantes están anotados y obligados a terminar la escuela primaria como parte de las obligaciones laborales que tienen, para eso se le pagan los salarios y los premios les dice él bastante seguido para hacerles sentir que tienen algo que cuando niño no pudo tener. A veces cocina una paella Don Manuel porque su origen le tira controlar el punto del arroz y de los bichos en la sartén pero esa es una chispa de distracción que se permite a sí mismo y que permite a sus hermanos y a los ayudantes, no hay ni vino ni cigarro ni menos mujeres que traen algunos placeres pero muchas complicaciones le dice a los otros Don Manuel muy serio y seguro cuando habla de eso, el día comienza a las cinco de la mañana cuando hay que descargar los camiones abarrotados de mercadería y termina cerca de las diez de la noche cuando con la puerta cerrada y muñido de un lápiz y papel de almacén procede a cerrar la contabilidad del día, los ingresos por la ventas y los pagos realizados a proveedores de mercadería y de servicios, así no queda tiempo más que para dormir unas pocas horas hasta las cuatro de la mañana siguiente, soñando con cuentas que no cierran y acopios que deben cubrir las necesidades de su clientes, las ordinarias y las extraordinarias como la mercadería que la gente compra para las fiestas. Pero una vez al año hay una excepción en la costumbre de Don Manuel de no descansar más que en esas pausas de comilonas controladas y sueños pesados, y es cuando el circo llega al pueblo en medio del alboroto de todos y anunciando su llegada con bombos y platillos. Como todos los circos que siempre llegaron al pueblo el que viene una vez al año no tiene ni a la mujer barbuda ni al señor atlas, pero sí un par de payasos muy idiotas y otro par de trapecistas, y ese doble par que hace cuatro artistas mediocres aunque por omisión allí parezcan de primera dejan cuando se van, ellos llenan las cuotas de humor y de suspiros que en el pueblo necesitan para vivir durante toda la parte que queda del año, y especialmente los cupos de Don Manuel que son muy estrechos porque de manera discreta concurre a la penúltima función ocupado de que nadie lo note para que no anden diciendo después que es muy viejo para ir al circo, los comentarios siguen por meses y se va hablando de los detalles que unos vieron y otros no en ese espectáculo de unas horas. El circo que más llegaba al pueblo de pronto un día dejó de venir, de un año para el otro, y casi nadie dijo ni una palabra como si no se extrañara esa caravana de personas animales viejos y una banda de música de algunas personas y uniformes e instrumentos destartalados que desfilaba el primero y el último día por las calles de tierra del poblado metiendo barullo y alborotando a toda la gente, en los primeros años que siguieron al día que el circo no vino más nadie se dio cuenta que se quedaron sin motivo para reírse de cualquier boludez o de suspirar por la osadía de dos viejos trapecistas a cuatro metros de altura haciendo malabares sin red. Nadie se dio cuenta como Don Manuel por lo menos que sin decirlo desde ese entonces no ha vuelto a reírse y tampoco ha suspirado, él dice a veces a quién le importará si lo hace, así que su día desde ese último día del circo en el pueblo comienza y termina en su almacén, el Hogar Feliz le ha puesto como nombre hace mucho como un homenaje a todos los que pasan por allí para darse los gustos que hay que darse en la vida, felices como no está él porque sin el circo no tiene otras diversiones, salvo una paella de vez en cuando.
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Tuesday, April 27, 2010
hogares felices de cronopios infelices
El hogar feliz. Don Manuel casi no recuerda cómo era el aspecto de su padre porque se fue cuando era un niño, un gallego puro que desde que sí se acuerda él le enseñó de las ventajas del trabajo de que se debe empezar pronto en la vida para tener mucha plata y ahorrar y dárselo a la familia parte que no entendió porque él no pudo armar una familia y nunca le habló de cuándo se termina con el trabajo, el duro trabajo de todos los duros días de su vida no tiene lugares para el descanso, ni para el descanso de él que oficia como jefe del grupo Don Manuel sus dos hermanos y los dos muchachotes que además de ser sus ayudantes están anotados y obligados a terminar la escuela primaria como parte de las obligaciones laborales que tienen, para eso se le pagan los salarios y los premios les dice él bastante seguido para hacerles sentir que tienen algo que cuando niño no pudo tener. A veces cocina una paella Don Manuel porque su origen le tira controlar el punto del arroz y de los bichos en la sartén pero esa es una chispa de distracción que se permite a sí mismo y que permite a sus hermanos y a los ayudantes, no hay ni vino ni cigarro ni menos mujeres que traen algunos placeres pero muchas complicaciones le dice a los otros Don Manuel muy serio y seguro cuando habla de eso, el día comienza a las cinco de la mañana cuando hay que descargar los camiones abarrotados de mercadería y termina cerca de las diez de la noche cuando con la puerta cerrada y muñido de un lápiz y papel de almacén procede a cerrar la contabilidad del día, los ingresos por la ventas y los pagos realizados a proveedores de mercadería y de servicios, así no queda tiempo más que para dormir unas pocas horas hasta las cuatro de la mañana siguiente, soñando con cuentas que no cierran y acopios que deben cubrir las necesidades de su clientes, las ordinarias y las extraordinarias como la mercadería que la gente compra para las fiestas. Pero una vez al año hay una excepción en la costumbre de Don Manuel de no descansar más que en esas pausas de comilonas controladas y sueños pesados, y es cuando el circo llega al pueblo en medio del alboroto de todos y anunciando su llegada con bombos y platillos. Como todos los circos que siempre llegaron al pueblo el que viene una vez al año no tiene ni a la mujer barbuda ni al señor atlas, pero sí un par de payasos muy idiotas y otro par de trapecistas, y ese doble par que hace cuatro artistas mediocres aunque por omisión allí parezcan de primera dejan cuando se van, ellos llenan las cuotas de humor y de suspiros que en el pueblo necesitan para vivir durante toda la parte que queda del año, y especialmente los cupos de Don Manuel que son muy estrechos porque de manera discreta concurre a la penúltima función ocupado de que nadie lo note para que no anden diciendo después que es muy viejo para ir al circo, los comentarios siguen por meses y se va hablando de los detalles que unos vieron y otros no en ese espectáculo de unas horas. El circo que más llegaba al pueblo de pronto un día dejó de venir, de un año para el otro, y casi nadie dijo ni una palabra como si no se extrañara esa caravana de personas animales viejos y una banda de música de algunas personas y uniformes e instrumentos destartalados que desfilaba el primero y el último día por las calles de tierra del poblado metiendo barullo y alborotando a toda la gente, en los primeros años que siguieron al día que el circo no vino más nadie se dio cuenta que se quedaron sin motivo para reírse de cualquier boludez o de suspirar por la osadía de dos viejos trapecistas a cuatro metros de altura haciendo malabares sin red. Nadie se dio cuenta como Don Manuel por lo menos que sin decirlo desde ese entonces no ha vuelto a reírse y tampoco ha suspirado, él dice a veces a quién le importará si lo hace, así que su día desde ese último día del circo en el pueblo comienza y termina en su almacén, el Hogar Feliz le ha puesto como nombre hace mucho como un homenaje a todos los que pasan por allí para darse los gustos que hay que darse en la vida, felices como no está él porque sin el circo no tiene otras diversiones, salvo una paella de vez en cuando.
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