Kínder, küche, kirche. Y es como
todo o como casi todo, la movida feminista que hace que los varones dejemos de
ser mirones, es una movida urbana demasiado limitada a los lugares atiborrados
de gente y conurbaciones que aseguran más votos que reivindicaciones, y habrá
que esperar para verificar si esta limitación se corrige con avances
territoriales sectoriales o lo que fueran, porque violencia de género y todos
sus sustitutos y derivados son independientes de sud contextos geográficos por
lo que no es cosa que superadas en las grandes urbes no subsistan las excepciones
en los rincones apartados recónditos o inexpugnables, donde patriarcado o
matriarcado, machismo o feminismo, no solamente perduran las consignas de
niños, cocina, iglesia, como reservorios del rol de la mujer en las estructuras
familiares, sino esas raras mezclas de religiosidad y paganismo, de presunta
racionalidad y vandalismos, de herejías y creencias, que permiten que la
opinión de los caciques de las tribus que fueran, dispongan de las integridades
o identidades de las doncellas disponibles que después de entregar la
virginidad al diablo terminen entendiendo la consigna que están para servir más
que para se servidas impuesta por ese colectivo abigarrado de tipos envilecido
confundidos alienados que piensan que están para ser servidos y no para servir.

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