La diversión si es sana y de vez
en cuando es buena porque baja la neurastenia así decían las madres y las
abuelas chumeando por los que armaban zafarranchos en las reuniones de las
fiestas patronales o de las fechas patrias, pero si se tiene en cuenta que los
logros que los grandes sueñan que el futuro llega después de sacrificios, de
madrugones de hacer los deberes y de estudiar para los exámenes hasta quedar
con los ojos irritados y redondos como dos de oro, entonces los premios llegan
después de las confesiones que nada es gratis en la vida y que después vienen
las recompensas cuando se alcanzan puestos lugares de importancia como jefes en
oficinas gerentes de bancos funcionarios, comerciantes prósperos que permiten
acceder a la primera casita al primer cochecito de esos Renault Dauphine que son
tan simpáticos y confortables y la envidia de la cuadra, en medio de las
tarantelas y de los mambos enganchados que las orquestas las notables orquestas
las atiborradas orquestas de entonces grandiosas de cronopios y famas que tocaban
en los clubes de barrios en los clubes de regatas en los clubes de pescadores,
en las emperifolladas sedes sociales de los clubes recreativos o de los salones
de los clubes de los sindicatos adornados con lucecitas de colores y
serpentinas, en medio de los apretujamientos también de cronopios y de famas que
se armaban en medio de las pistas cuando descansaban las orquestas típicas y
comenzaban las que instigaban al desenfreno a los trencitos los bailarines con
las manos en las cinturas de los otros como gusanitos moviéndose por todos los
rincones donde se podían mostrar los pasos improvisados los firuletes
aprendidos al ritmo de las rumbas y a veces contadas veces de algún chamamé que
se filtraba en los repertorios que después de unos años de tanto escucharlo se
adivinaba, aparecía uno con trajecito marinero con faldita entablada, que no
era uno, sino muchos varones y mujeres indistinto, porque eran muchos porque
fueron muchos, por no decir demasiados, uno de esos tantos chiquilines con la
forma de eso con ese rótulo cantado de mi hijo el doctor, salía no uno sino
muchos, de esa cantidad de parejas atildadas que se tiraban el ropero encima
para esas festicholas que eran dos o a lo sumo tres veces al año, puras mezclas
de inmigrantes que duplicaron a los criollos de esa aldea pujante despoblada de
compatriotas melindrosos según las versiones de los patrones dueños de las
estancias y las fábricas que florecían con plata del estado que es lo mismo que
decir con plata de la misma gente en manos de los administradores, no uno,
muchos, eran muchos, descendientes de los presuntos hacendosos inmigrantes que
cuando adultos se convertían en diputados o senadores y armaban roscas y
trampitas para quedarse con lo que no les correspondían aunque las quejas de
los desposeídos no se escucharan, gracias a esos cronopios pequeñitos y en
adultos convertidos en famas y en crápulas de grades negocios por no decir
negociados, no era cuestión de penitencia menos, mucho menos, si las voluntades
de esos párvulos agrandados con el estigma de mi hijo el doctor, se compraban
con los vueltos y las coimas que después en algún momento retornaban a las
arcas de las casas de eso voraces con apetencias desmedidas donde aquellos
cronopios divertidos un poco avejentados algunos devenidos en famas rememoraban
mascullando que todo tiempo pasado fue mejor.

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