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Sunday, April 23, 2017

Matasiete rima disciplina.



Con pelos largos como largos jopos movían sus crines de un costado al otro con cada cabezazo que hacían en cadencias que eran más nerviosismos histerias que las bufadas, parsimoniosos pestañeaban los matungos en yuntas de cuatro a media docena de mansos caballos esquivando que movían sus cabezas y crines para espantarse las moscas que les revoloteaban pesadas y enloquecidas tal vez con los cuarenta grados a la sombra y los coyuyos que se quedaban despiertos a horas en que los otros se recogían, ahí esperaban con monturas impecables las riendas atadas a un árbol, de a ratos alzando sus colas de largos pelambres y cagaban esas pastas abundantes y verdes que sembraban metro a metro las calles de tierra del pueblo, así eran las cabalgaduras eso eran, que el lotero iba dejando atadas en los árboles de las puertas de las casas de los capos que durante la semana habían pedido para el sábado a la mañana y para esparcimiento de sus niños que se volvían locos por montar y pasear por el ingenio, todos los fines de semana que no se iban de picnic al tajamar que ahí iban los más grandecitos, que también le caían a la gorda para pedirle por las autorizaciones por los permisos que nadie más los daba en el ingenio cuando no estaba el ingeniero o los parientes del ingeniero, los jóvenes y los no tan jóvenes como los padres de los niños que se sentían Ro Roger o Gene Autry aunque anduvieran con el culo y las ingles escaldadas y a paso de hombre, todos le caían a la gorda que no era la que daba los permisos aunque fuera ella la que los pedía y fanfarroneaba matasiete a la primera cuando jugaba a las canastas con las amigas en mesas que se armaban los sábados a la tarde, permisos autorizaciones que en realidad los daba el gringo su marido que era como el administrador del ingenio cuando la administración estuvo acéfala, todos caían para que la gorda les consiguiera los permisos las autorizaciones aunque ellos lo que no sabían era lo que le costaba porque ella conseguía todo eso haciéndose la buenita y abriéndole las piernas a su marido aun cuando no lo quisiera, mientras fornicaban ella se lo pedía mordiéndole la oreja y el otro siempre le decía lo mismo que sí aunque también le decía que está bien pero que después no anden hablando mal de los patrones de la empresa y de todo lo que hablan cuando se queja, que los dueños son más buenos que un santo.

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