Con pelos largos como largos
jopos movían sus crines de un costado al otro con cada cabezazo que hacían en
cadencias que eran más nerviosismos histerias que las bufadas, parsimoniosos
pestañeaban los matungos en yuntas de cuatro a media docena de mansos caballos
esquivando que movían sus cabezas y crines para espantarse las moscas que les
revoloteaban pesadas y enloquecidas tal vez con los cuarenta grados a la sombra
y los coyuyos que se quedaban despiertos a horas en que los otros se recogían, ahí
esperaban con monturas impecables las riendas atadas a un árbol, de a ratos
alzando sus colas de largos pelambres y cagaban esas pastas abundantes y verdes
que sembraban metro a metro las calles de tierra del pueblo, así eran las
cabalgaduras eso eran, que el lotero iba dejando atadas en los árboles de las puertas
de las casas de los capos que durante la semana habían pedido para el sábado a
la mañana y para esparcimiento de sus niños que se volvían locos por montar y
pasear por el ingenio, todos los fines de semana que no se iban de picnic al
tajamar que ahí iban los más grandecitos, que también le caían a la gorda para
pedirle por las autorizaciones por los permisos que nadie más los daba en el
ingenio cuando no estaba el ingeniero o los parientes del ingeniero, los
jóvenes y los no tan jóvenes como los padres de los niños que se sentían Ro
Roger o Gene Autry aunque anduvieran con el culo y las ingles escaldadas y a
paso de hombre, todos le caían a la gorda que no era la que daba los permisos
aunque fuera ella la que los pedía y fanfarroneaba matasiete a la primera
cuando jugaba a las canastas con las amigas en mesas que se armaban los sábados
a la tarde, permisos autorizaciones que en realidad los daba el gringo su
marido que era como el administrador del ingenio cuando la administración
estuvo acéfala, todos caían para que la gorda les consiguiera los permisos las
autorizaciones aunque ellos lo que no sabían era lo que le costaba porque ella
conseguía todo eso haciéndose la buenita y abriéndole las piernas a su marido
aun cuando no lo quisiera, mientras fornicaban ella se lo pedía mordiéndole la
oreja y el otro siempre le decía lo mismo que sí aunque también le decía que
está bien pero que después no anden hablando mal de los patrones de la empresa y de todo lo que hablan cuando se queja, que los dueños son más
buenos que un santo.

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