Y confundidos
andaban como zombis los parientes en el ingenio en los primeros tiempos
ingenuos y cándidos convencidos que quienes se iban tenían que volver en algún
momento, a nadie lo traga la tierra o un pantano así como así, que no había
nada que temer decía el cura Martínez como un juglar que mezclaba sus acento vasco
con el castellano sucio que se hablaba en el pueblo marcado por criollos
bolivianos y santiagueños que cada zafra duplicaban la cantidad de cristianos
que pasaban por su parroquia buscando consuelo a lo que no se entendía que
querían hacer los milicos y él les contestaba que si no habían hecho nada no
había de qué tener temores mientras los parroquianos no se animaban a preguntar
por ese halo de mínima sospecha que algo habrán hecho que los botudos se
molestaron y que por algo será que andan tan ensañados con esa neurastenia de
averiguación de antecedentes para lo que arman unos líos de película porque
para eso se los llevan a la cárcel y los tienen hasta que aparecerán las
informaciones, los otros no se animaban a preguntar en ir al fondo de las
conversaciones que encaraban en los confesionarios y el curita tampoco les
decía que a él no le daban bola en la administración que la vez que más jodió
le dijeron que no se metiera con estas cosas terrenales y él siguiera enseñando
la palabra que bien se necesitaba en estas épocas de terrorismos, los
feligreses llorando y el sugiriendo arrepentimientos y cientos de padres
nuestro y de avemarías para espantar a demonios que el interventor aseguraba
que existían y no se veían, y confundidos andaban al revés de otros en el
pueblo que andaban fanfarroneando con eso que por fin llegaron estos a poner un
orden en el desorden las cosas en su lugar como corresponde, que los mortifique
a los negros que con un poquito de soga andan pensando que tienen derechos que
ni tuvieren ni tienen ni tendrán, decían los matasiete.

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