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Wednesday, March 08, 2017

Lobo rima loros.

Una sonrisa casi invisible se perfilaba detrás de los mostachos abundantes de él que con el tamaño por musculoso y alto que era, y la cara de perros, achicaba los ánimos hasta de los más pintados compadritos y prepotentes en cualquiera de los lados por los que andaba, en esos instantes una sonrisa casi invisible se perfilaba detrás de esos bigotes que como cepillo parecían prolijamente colgados de su prominente narizota de turco, igual que esas máscaras que los niños de la murga los estudiantes se ponían para desfilar con disfraces baratos en los carnavales así se hacían firmes sus rasgos en esos minuto que duraban esos intervalos, sonreía como devolviendo el rictus de su mujer la mueca como de cómplice que también esbozaba ella, una sonrisa mientras bailaban, como confirmando la superioridad que tenían con los demás en esa parte del baile donde lo que tocaban les venía como anillo al dedo, y en algún momento llegaban después de los tangos y las milongas que todos pedían bis bis, porque era la oportunidad en el año de contar con una orquesta en vivo tocando los temas que después se escuchaban durante el año en tocadiscos con las púas gastadas y los discos rayados de tanto pasarlos en las peluquerías de ellas en la de ellos, sí sí sí, yo quiero mambo, sí sí sí yo quiero mambo sí, sí yo quiero mambo, apenas escuchaban las primeras melodías que salían de un par de clarines otro de guitarras un bajo y una batería de lo que quedaba de la orquesta en los descansos, en el escenario de la numerosa orquesta típica y de jazz del maestro Jorge Ardù, ellos los Lobo impecables ensimismados entusiastas se largaban a la pista grande del club recreativo cada doce de octubre que era la fecha en que el pueblo tiraba la casa por la ventana, yo soy, el uletero, yo soy…el tafirete, se mezclaba la voz del cantante y del coro con los ritmos que salían de los instrumentos y ellos más que cualquiera de los que los rodeaban sentados o en la misma pista se rompían por mostrar firuletes imposibles, yo soy…el maca la cachimba yo soy…el licui licui…, ellos se bamboleaban al mismo tiempo que avanzaban o retrocedían disfrutando de sus propio paraíso que duraba lo que duraba la selección que el maestro le indicaría a sus músicos para darles un respiro a los otro que tocaban hasta las cuatro de la mañana, ahí se ufanaban en el anillo de una pista atestada pero que no por eso se perdía de la vista de los chismosos que se quedaban sentados, esos se pasaban con el vino y la cerveza, y cuchicheando como loros.



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