Una sonrisa casi
invisible se perfilaba detrás de los mostachos abundantes de él que con el
tamaño por musculoso y alto que era, y la cara de perros, achicaba los ánimos
hasta de los más pintados compadritos y prepotentes en cualquiera de los lados
por los que andaba, en esos instantes una sonrisa casi invisible se perfilaba
detrás de esos bigotes que como cepillo parecían prolijamente colgados de su
prominente narizota de turco, igual que esas máscaras que los niños de la murga
los estudiantes se ponían para desfilar con disfraces baratos en los carnavales
así se hacían firmes sus rasgos en esos minuto que duraban esos intervalos, sonreía
como devolviendo el rictus de su mujer la mueca como de cómplice que también
esbozaba ella, una sonrisa mientras bailaban, como confirmando la superioridad
que tenían con los demás en esa parte del baile donde lo que tocaban les venía
como anillo al dedo, y en algún momento llegaban después de los tangos y las
milongas que todos pedían bis bis, porque era la oportunidad en el año de
contar con una orquesta en vivo tocando los temas que después se escuchaban durante
el año en tocadiscos con las púas gastadas y los discos rayados de tanto
pasarlos en las peluquerías de ellas en la de ellos, sí sí sí, yo quiero mambo,
sí sí sí yo quiero mambo sí, sí yo quiero mambo, apenas escuchaban las primeras
melodías que salían de un par de clarines otro de guitarras un bajo y una
batería de lo que quedaba de la orquesta en los descansos, en el escenario de
la numerosa orquesta típica y de jazz del maestro Jorge Ardù, ellos los Lobo
impecables ensimismados entusiastas se largaban a la pista grande del club
recreativo cada doce de octubre que era la fecha en que el pueblo tiraba la
casa por la ventana, yo soy, el uletero, yo soy…el tafirete, se mezclaba la voz
del cantante y del coro con los ritmos que salían de los instrumentos y ellos
más que cualquiera de los que los rodeaban sentados o en la misma pista se
rompían por mostrar firuletes imposibles, yo soy…el maca la cachimba yo soy…el
licui licui…, ellos se bamboleaban al mismo tiempo que avanzaban o retrocedían
disfrutando de sus propio paraíso que duraba lo que duraba la selección que el
maestro le indicaría a sus músicos para darles un respiro a los otro que
tocaban hasta las cuatro de la mañana, ahí se ufanaban en el anillo de una
pista atestada pero que no por eso se perdía de la vista de los chismosos que
se quedaban sentados, esos se pasaban con el vino y la cerveza, y cuchicheando
como loros.

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