Un concierto era, una sinfonía,
parecía que Roberto Carlos cantaba yo quiero tener un millón de amigos con
gestos y todo sin la música adecuada parecía no había música solo gestualidades esmeros del ídolo que nunca se vio en persona que ojalá un día se pudiera ver en un
escenario, pero ahí estaba y parecía que estaba cantando cada vez que las tetas
rebosantes y hermosas de la gorda hermosa y saludable se bamboleaban al ritmo
de su agitado pecho cada vez que comenzaba a entonar la marchita del alma del
gran general y a la patria diremos un grito de corazón, ahí aparecía la cara del juglar detrás de la cual esos pechos sujetos seguro que por un corpiño talle inmenso se movían al son de cada salto de la gorda, para empezar la cara del
artista se ensanchaba porque los impresionantes bustos de la regalona empujaban
desde adentro la textura del algodón de su remera blanca con el estampado desteñido de tantas lavadas y lavandinas, las ondas como olas pasaban por distintos bordes de su pecho
para seguir los ojos desdibujados algunas veces desorbitados otras un concierto
era, los ojos se movían entre los pliegues igual que la boca se abrían y
cerraban con cada salto de la puntera preferida de los políticos de la sede
porque con eso los otros se entusiasmaban y sus entusiasmos eran posibles cotos que atraían a otros
que también llegaban entusiasmados a los actos de la campaña, por esa figura
que se movía con sus meneos parecía que el brasileño cantaba, a ella no le
importaba ella estaba para que el candidato gane la intendencia no para darle
el gusto a los infelices que se burlaban de ella y del dibujo en su remera
de la misma remera que se ponía todas las veces de los mismos actos políticos,
después de todo, les decía como si fueran Alain Delón o el muerto que se admira
el degollao feos de mierda, cuando se
acordaba y podía pedía sanción para ellos que alguien hiciera sonar el
escarmiento.

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