Temprano ese día la casa se colmó
de bullicios de alborotos descontrolados, un revuelo fue la casa desde la nueve
de la mañana en punto como lo había ordenado a media lengua y meticulosamente el
abuelo Franklin que apenas hablaba después del último derrame que tuvo que lo
dejo babeándose con la jeta chueca y la lengua en falsa escuadra, con medio
cuerpo inmóvil, aunque le hizo mella en el cerebro al menos eso creían sus
parientes directos y políticos que obedientes se aguantaban la espera y lo
aguantaban porque balbuceaban que el viejo no había hecho todavía la repartija
de los que iba a dejar y no era cosa de sacarlo de sus casillas y se acordara
de sus preferencias de sus enconos y llamara al escribano que registraba con
protocolos y sellos todos sus caprichos y sus ocurrencias, y las de esos que lo
aguantaban con todos estos antojos como este de llenar la casa de parientes que
llegaron de los lugares más lejanos de la propia ciudad de las ciudades, como
obligarlos a todos chicos y grandes andar con tanto movimiento para sacarse una
foto de la familia entera una sola foto para poner sobre la cómoda sobre el aparador
del muebles de la cocina donde la abuela maldecía la hora de haberse enganchado
con él que siempre hacía lo que quería como ahora que ella los tenía que andar
atendiendo con sus pedidos y acosos, desde las nueve de la mañana como hasta
las cuatro de la tarde que era la hora que dijo el fotógrafo que lo esperaran,
como si fuera fácil mantener a la caterva de indios pequeños que correteaban
por la casa grande, esa prole descontrolada de nietos que jugaban a las
escondidas por todos los rincones y especialmente por los rincones de la sala
preparados para la foto de las cuarenta personas que formaban la familia,
muchos ruidos fueron para los silencios que aparecieron luego cuando murió el
abuelo.

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