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Monday, February 15, 2016

Ruidos rima silencios.


Temprano ese día la casa se colmó de bullicios de alborotos descontrolados, un revuelo fue la casa desde la nueve de la mañana en punto como lo había ordenado a media lengua y meticulosamente el abuelo Franklin que apenas hablaba después del último derrame que tuvo que lo dejo babeándose con la jeta chueca y la lengua en falsa escuadra, con medio cuerpo inmóvil, aunque le hizo mella en el cerebro al menos eso creían sus parientes directos y políticos que obedientes se aguantaban la espera y lo aguantaban porque balbuceaban que el viejo no había hecho todavía la repartija de los que iba a dejar y no era cosa de sacarlo de sus casillas y se acordara de sus preferencias de sus enconos y llamara al escribano que registraba con protocolos y sellos todos sus caprichos y sus ocurrencias, y las de esos que lo aguantaban con todos estos antojos como este de llenar la casa de parientes que llegaron de los lugares más lejanos de la propia ciudad de las ciudades, como obligarlos a todos chicos y grandes andar con tanto movimiento para sacarse una foto de la familia entera una sola foto para poner sobre la cómoda sobre el aparador del muebles de la cocina donde la abuela maldecía la hora de haberse enganchado con él que siempre hacía lo que quería como ahora que ella los tenía que andar atendiendo con sus pedidos y acosos, desde las nueve de la mañana como hasta las cuatro de la tarde que era la hora que dijo el fotógrafo que lo esperaran, como si fuera fácil mantener a la caterva de indios pequeños que correteaban por la casa grande, esa prole descontrolada de nietos que jugaban a las escondidas por todos los rincones y especialmente por los rincones de la sala preparados para la foto de las cuarenta personas que formaban la familia, muchos ruidos fueron para los silencios que aparecieron luego cuando murió el abuelo.



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