Al flaco Marcial le encantaba que
le dijeran que era un malandra era como un halago para él que con eso pretendía
asegurar varias cosas como el dominio del territorio ese que tanto le gustaba
tapizado de alfombras y terciopelos ordinarios comprados en las tiendas de los
turcos que cambiaban los descuento por los favores de las señoritas
acompañantes y mimosas que lo hacían más por las ganas que por la guita, esos
cielos iluminados con focos rojos amarillos o verdes que las mejoraban a ellas
y los deschavaban a ellos, para asegurar varias cosas como el chupe gratarola los
copas los tragos largos lo licores en inviernos y las alojas en los veranos,
para asegurar varias cosas como las ascendencias sus influjos sobre las
meretrices que se subordinaban a sus humores y consejos que eran de los mejores
porque en todos los casos les significaban una chirolas de yapa, le encantaba
las chicas hicieran correr el puterío que era un corsario que se aguantaba
estoico las tempestades los infiernos que a veces se armaban en las madrugadas
con las catervas de borrachines que se las querían mandar a las minas así nomás
sin prolegómenos, un malandrín de esos que andaba dos o tres pasos adelante y
que al contrario de la oca no había casilleros para volver para atrás, pero así
de malo que era el flaco después de las noches se volvía bueno un pan de dios y
de eso el pregonazo se aprovechaba para pedirle sus limosnas de las limosnas.

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