La señorita Pilar se mataba para
enseñarnos el himno nacional que ni en broma nos salía porque de tan
dicharacheros no le dábamos bola porque sabíamos que al final en los actos que
eran no más de media docena en el año, los importantes como el de San Martín,
el de Belgrano y el del éxodo jujeño y uno pocos más, alcanzaba conque nos
pusiéramos duros como nuestros guardapolvos almidonados y moviéramos las bocas
mientras los demás cantaban en serio, ella se preocupaba y nosotros nada para
que la directora panzona bigotuda y de pelos enrulados mirara a la abnegada
profesora con gestos de aprobaciones como si nos hubiera domesticado a nosotros
que éramos los peores alumnos o le agradeciera las horas que por lo menos nos
borraba del mapa de los recreos donde armábamos desbarajustes, la señorita
Pilar se mataba por enseñarnos el himno al Sarmiento la canción de la aurora y
la marcha de San Lorenzo que tenía un ritmo más divertido al menos que la otra,
esa que sacaba de nosotros unas lágrimas en esa parte que decía y en su pecho
la niñez de amor un templo y nosotros decíamos la puta madre que había que
tener tiempo o inspiraciones para escribir de esa manera tan clara tan
contundente la niñez de amor un templo ha levantado u en el sigue viviendo, la
señorita Pilar se mataba por enseñarnos el pericón y un par de gatos además del
minué que intentaba enseñarnos a bailar en cada una de las celebraciones que
pasamos mientras anduvimos por la Dorrego, y nosotros nada, ni siquiera
entendíamos porqué teníamos que andar bailando cosas de tiempos pasados y que
además eran bailes y canciones de la chusma o de las altas sociedades de otras
épocas.

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