Vagas charlas eran livianas
tertulias en las que medíamos las posibilidades que nos bajaran la caña en la
educación cívica del cura Martínez que aprobaba solamente a las chicas que
sabían menos que cualquiera de nosotros y así supiéramos un montón de esa
cantidad de cosas que se desesperaba por meternos en la cabeza duro como era
porque se notaba a la legua que él también las aprendía por ahí porque era
español recién llegado y quisiera fijar esas leyes en su cabeza, concilios de
tigres merodeando a las hembras eso eran nuestras reuniones en los recreos en
las largas jornadas de las yutas que nos hacíamos cuando se juntaban las horas
libres con los hartazgos del director García que cada vez que nos mandábamos
una nos daba un sermón no menor de media hora una cagada un sermón había que
aguantarlo con ese tilde de profesor prolijo y rompe pelotas, frívolas
conversaciones en las que hacíamos pactos de amigos de sangre con promesas
pegajosas de no fallutearnos nunca de respetarnos en los códigos de no entregar
compañeros que se copiaran o tuvieran éxito con la utilización de los machetes
que escondían en las solapas de los guardapolvos o en rollitos minúsculos de
papel como burdas reproducciones de papiros de momias resucitadas, palabreríos
de amigos eran nuestro conciliábulos que eran más abundantes que las veces que
nos juntábamos como para cumplir con las consignas de clase, hasta que cayó la
intervención en la municipalidad y alguien dijo que se había acabado la joda
ahí nuestras juntas se pudrieron, cada vez peor a medida que los milicos
comenzaron a pesquisar en los recreos.

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