Si alumbraban más o menos los rincones que de todas maneras eran oscuros
esos rincones inolvidables y oscuros de esos cuchitriles oscuros también en
sótanos o galpones acondicionados donde íbamos cada noche oscuros nosotros
también neurasténicos porque las cosas no nos salían como queríamos rebeldes
sin causa nos decían imberbes apagados que teníamos que saber el número de
documento de identidad de memoria culpa de esos milicos de mierda aplaudidos
encima por la gente intrigante y apagada también cuando nadie daba la cara, donde
cada noche puntuales concurríamos a chapar a rascar a franelear que no era
mucho más de unos toques tan inocentes que nos dejaban mal parados con las
chicas que quedaban pasmadas y palmadas y que ya andaban desesperadas por otras
cosas de las que podíamos darles nosotros, si las luces psicodélicas del
boliche de las bolas colgadas en dos o tres lugares eran incandescentes y el
último grito de la moda, si la luz blanca cuando apareció traía para delante
nunca lo supimos muy bien si era eso o sensaciones de los efectos traían para
adelante nuestros calzones o los corpiños de las minas en situaciones que
además nos cruzaban mal con otras cosas que eran cosas que parecían nimiedades
pero que después daban para reproches o puteríos entre nosotros, y era eso que
cualquier pelusa de mierda desparramada sobre la remera o el sweater de
cualquiera a la altura de los hombros parecía una caspa además de abundante repugnante
por culpa de la misma luz, no los discutimos entonces ni se nos hubiera
ocurrido discutirlo estábamos en otras cosas, porque en tanta oscuridad
nosotros andábamos más encendidos que nunca, prendidos en la edad de merecer.

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