No se puede estar bien con dios y con el diablo repetían las palabras de
los sermones de los domingos en el rancho que servía para levantar altares
improvisados, ellos estaban para las fuerzas mayores durante el recorrido de
los kilómetros entre los cerros y el pueblo para aguantar estoicos sin quejarse
sobre los hombros los pasantes que sujetaban los altares improvisados y
emperifollados del señor y de la virgen, aunque en los recorridos miraban con
algo más de cariño a las niñas que ya estaban en edad de merecer y alguna que
otra vez cuando volvían las perseguían hasta que algunos les quitaban la
virginidad y nadie se quejaba, desalineados hediendo ahogados en chicha los
coyitas cargadores del anda de la virgencita del valle llagaban las navidades a
duras penas a los domicilios coloridos donde estaban los pesebres más grandes
del ingenio y se quedaban a descansar en los bordes de las veredas mientras los
más jovencitos entre los que quedaban esas niñas adoraban trenzando las cintas
de colores en los palos mayores, hasta ahí les acercaban a ellos más chicha
empanadas y tamales las vecinas comedidas que organizaban las vísperas con el
curita del pueblo, como si ellos rudos toscos y calentones estuvieran para eso
como si no quisieran también sus sacramentos, después de todo, después de estas
fiestas venían los carnavales.

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