Por un tiempo las rutinas
quedaron suspendidas hasta las más importantes rutinas costumbres añejas como
las de las viejas habitués de las misas de los domingos a las siete de la
mañana y los que deambulaban como sonámbulos entrando y saliendo de las
fábricas en los turnos de noches y madrugadas por un tiempo los viejos
jugadores de bochas en el club social dejaron de jugarlas casi para siempre por
los cambios de moda que pasaron, igual que dejaron de jugar a los sapos que en
sus rigideces de metal estaban en eterno con sus bocas abiertas y los ojos
orientados para desde donde ellos tiraban sus bochas hacían sus picadas y se
bañaban en cervezas heladas en los veranos
o con un coñac tras otro en los inviernos, los vecinos cholulos y
traicioneros cuando llegaron los milicos como chusmas como eran, hacían colas se amontonaban en el aguantadero de la
municipalidad para hablar mal de los otros vecinos como desconociendo lo que
fueron desde mucho tiempo con sañas con malas intenciones unos sospechaban de
los otros y estos de aquellos y fueron jugando con esos fuegos que encendían
los viejos custodios de las fronteras de la patria, menos de ellos hablaban de
los hijos de sus amigos de los hijos de sus hijos y de cuanto gobierno se
acordaban cuando los otros los apretaban un poco, en las salas de espera que no
daban a bastos por las que circulaba cada media hora durante diez horas al día
el maestro Víctor secretario del atildado interventor del proceso de
reorganización nacional, y no eran solamente las turcas lenguas largas de la
peluquería de doña Blanca la que llevaban y traían sino también sus maridos, y
sus primos y sus hermanos todos contra todos como en los mismos infiernos, desesperados
estaban por mandar al frente a sus vecinos a sus amigos de otros tiempos, los
vecinos traicioneros no escatimaban palabras con los gendarmes, condenados
entregaban por centavos sus libertades, mientras cada vez que había
conmemoraciones cantaban en el himno nacional repitiendo eso de rotas cadenas.

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