Por las mesas donde jugaban
largas canastas los miércoles y los sábados las damas distinguidas, los mozos
del club social pasaban encorsetados en sus chaquetas níveas y blancas con sus
bandejas carradas de sándwiches de miga y de cervezas heladas que ellas
deglutían en jornadas pantagruélicas, además de los pormenores de las cosas de
la empresa que ellas cuchicheaban y comentaban por apostillas de sus maridos
como si fueran las dueñas de la empresa y no anduvieran cerca los verdaderos
patrones, mientras un séquito de seguidoras que entraban y salían de la sala
que los administradores del club les acondicionaban para ellas miraban
alrededor y esperaban sus turnos sus oportunidades de entrar en las partidas
fuertes que si se ganaban daban el respiro de un mes de presupuesto sin tocar
un centavo del sueldo de sus maridos en el ingenio, cada miércoles a las ocho
de la noche puntual para no entrar demasiado en las madrugadas distendidas de
los jueves gracias a las sirvientas que a esas alturas de la semana andaban
como un relojito con sus obligaciones no como los lunes a las mañanas que
falluteaban todas hasta que volvían a la normalidad, cada sábado no más allá de
las cuatro de la tarde lo que les daba tiempo de haber pasado por Blanca la
peluquera apenas unos minutos después de la hora del almuerzo cuando sus
maridos comenzaban sus siestas de Morfeo,
por esas mesas donde jugaban largas canastas pasaban las historias y los
chismes del pueblo en comentarios viperinos que intercalaban en medio del juego
comentarios que hacían para todas o entre compinches por pares, pasaban también
las trampas que hacían las más hábiles para ganar todas las veces por eso o
porque eran la mujeres de los jefes que en la administración se ocupaban de los
contratos, y entonces las otras se hacían las distraídas se hacían las sotas.

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