Resolver el día cada mañana
confundida con el final de la noche el día su día el día de los otros en las
cosas que lo tocaban de los que lo despreciaban de los que lo querían, darse
cuenta del momento preciso del paso que daba por momentos para dejar el tetra
brik y meterse en un desayuno con el mate caliente y las tortillas de grasa tomadas
por sus manos mugrientas y temblorosas resolver cada uno de esos minutos en
medio de resplandores de la luz del sol en medio de las sombras de los
atardeceres insinuados detrás de los lapachos en los cantos de los coyuyos en
medio de las oscuridades de las noches, despierto dormido por rato despertarse
con la resaca resolver la comida del mediodía confundir el mediodía con las
cinco de la tarde lejos de las cinco de la mañana cuando llegaban los paquetes
con los diarios del día y dos docenas de revistas deportivas como el gráfico
para ellos y de modas como radiolandia para ellas, que solito repartía en las
madrugadas, vuelta a vuelta en sus volteretas de cada momento de cada día de
sus últimos treinta años en sus piruetas para buscarle la vuelta a eso de
pararse la olla cada puto día y de comprar las cajitas de vino que diariamente
amontonaba en los bordes de las paredes donde arrimaba su espalda cuando hacía
de lustrabotas para contarlas a esas cajitas de toro cuando terminara el día
que para él terminaba a cada rato o no terminaba pasando de la noche al día,
por día para saber cuántas se tomaba que al final de cuentas no le importaba, donde
estaba parado o durmiendo donde los pillaba el día en un banco de la plaza o en
un banco de la terminal aireada y desmantelada del Balut donde lo dejaban recalar
porque era inofensivo, el pregonazo ni recordaba sus días de gloria encima de los
escenarios de los mejores clubes con los muchachos del chévere el mejor grupo
de todos los grupos de cumbias y tarantelas, ni recordaba ni quería acordarse
de esa mina de la blusa azul que le pelo los bolsillos y le clavó los cuernos
bien arriba de sus mancuernas.

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