Avanzarse a las chicas era toda
una aventura y terminaba irremediablemente en fracaso en una suma de fracasos
que ellos lamentaban sin hablarlo con las cabezas gachas en los costados del
canal de la pantalla donde iban todas las siestas a hondear urpilas algunos y
los otros a quedarse con sus penas taciturnos, canillas de niños lampiños
dejaron de ser sus canillas cuando los vellos comenzaron a crecer más de lo que
crecían, canillas de niños lampiños que se aguantaban las burlas de los otros
afuera delante de esas mismas niñas que entraban en los sueños sus sueños
inconfesables de pajeros ignorantes y vergonzosos, más que en esas tardes por
la avenida libertad cuando ellos pasaban y ellas jugaban sus rayuelas,
avanzárselas era todo un retroceso que se hacía posible con los pantalones
cortos todavía, cuando no era en la cancha donde andaban todos con pantalones
cortos donde se andaban ellos cuando andaban en sus camadas y los más grandes
jodían y les tocaban el culo y les decían mariquitas, no donde las madres los
mandaban a los asaltos donde los otros se levantaban a las minas con sus far
west doblados en las botamangas que caían sobre las flecha blancas, cada burla
cada cargada una estocada que caía sobre las espaldas de los niños que no veían
la hora que llegaran esos momentos de los pantalones largos, que alguna vez
llegaron como las niñas llegaron a querendonas y les pedían que se los sacaran.

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