Era demasiado chico
como para andar acordándome de todo era demasiado niño como mis amigos tal vez por eso no recuerdo bien era demasiado
pequeño el día justo el momento, aunque no estaba tampoco muy seguro si cambiaba
algo la historia que quería contar recordarlo con tanto detalle pero la máquina
esa no volvió más de un día para otro, tal vez recordaba que tiene que haber
sido en mayo del sesenta y ocho o más o menos por ahí cuando éramos changos o
chinitas de trece o catorce, porque sin entender tampoco demasiado era un día
de mucho alboroto como los alborotos que se armaban cuando empezaba o terminaba
las zafra antes o después de los inviernos los coyas y los chaguancos con sus
mejores galas festejando las cosechas los chacareros y sus caballos adornados
con tiras de sedas, y de eso estoy seguro, fue antes de un invierno que sí se
me vino por ahí nomás encima al poco tiempo, de eso sí me acuerdo porque se me
vino de golpe el invierno como la noche que se viene encima y oscura después de
un día por claro que sea, fue un día con sirenas que sonaron temprano y graves
y agudas y nuevamente al mediodía cuando el primer atado de caña entraba al
playón del trapiche y a la tarde de nuevo con la repetida extrusión de la caña
y el dulce jugo que se esparcía y corría por sucias canaletas de la fábrica
como nos contaba el gordo chicho cuando lo escuchábamos atentos en las
tardecitas cuando salía de su turno, se escuchaban bien las sirenas que atravesaban
los vientos y llegaban a los cuatro rincones del ingenio y los tractores en los
surcos adornados con celofanes de colores vivos como si fueran ornamentos de
quermeses lo mismo que la chorba que pasaba cerca de la pantalla por donde
vimos al coche motor haciendo su último viaje, la trompa sus pocos vagones
zigzagueando de eso también me acuerdo bien que después de ese día esa inmensa
mole blanca apareciendo y desapareciendo en el océano de los cañaverales
reluciente impecable imponente como una víbora veloz no volvió más por el pueblo, que fue la última vez, lo
que sí recuerdo en medio de todos esos olvidos es que al poco tiempo no vi más
a la rubia y desgarbada niña que de lejos parecía esperar que pasara o
pasáramos cuando volvíamos a nuestras casas, un amor a la distancia un amor de
miradas que teníamos con esa niña pálida y menudita que parecía que salía a la
puerta de su casa en la estación justo en los momentos que nosotros pasábamos
hasta el día que no estuvo más y la casa a la distancia se veía cerrada, no
supimos nunca si sus mitradas eran para alguno o para algunos de los muchachos
y el invierno se vino como la noche porque para mí fue mi primer amor y al
pasar después cuando la dejamos de ver alguna vez alguien dijo que era hija del
maquinista del coche motor al que le habrán dado otros destinos.

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