No había nada, no había voces
disonantes entre nosotros nadie que se opusiera no había muros impedimentos ni
voces altisonantes entre nosotros, ni censuras ni censores ni tutores libres
éramos y en esas libertades fuimos arrimando nuestras curiosidades, vivimos solos
todas esos lances plenos solos en partidas solitarias sin contriciones de nadie
sin gritos sin reclamos, no había rezos ni sermones ni amenazas de estar
cometiendo pecados mortales, no había oposiciones ni fracturas ni sanciones,
ella agarraba mi mano cualquiera de mis manos y las llevaba allá a ese lugar
tibio entre sus piernas que yo sentía húmedo y pegajoso rodeado de una piel
tensa y tersa mientras me transportaba a universos de los que no quería volver
si así estaba más que bien para qué volvería a esos lugares de donde me estaba
yendo que me dejaban con mis juegos solitarios en lugares aburridos que eran
lugares de niños de los niños que éramos cada vez menos para ser cada vez más
dos ángeles con sexo, después de eso ella ponía su mano cualquiera de sus manos
entre mis piernas como si alguien se lo hubiera indicado como si lo supiera de
siempre y se quedaba prendida de mis labios como si fueran despedidas que no lo
eran porque terminaban en largas tardes de tertulias que no eran que no
terminaban de serlo porque estábamos ahí en esos lugares para estudiar lo que
nunca estudiamos porque estábamos en los paraísos que fuimos armando entre los
dos sin que nadie nos interrumpiera, el mundo era nuestro en esas zozobras y no
nos importaba nada si en ese mundo entrábamos.

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