No había un libro que tuviera
escrito de cuándo era el momento pero ellos lo iban aprendiendo, como estaban
en sus edades de merecer los niños mayores hacían las cosas que hacían y les
contaban sus aventuras con lujos de detalles a los niños menores sus lances con
las chicas sin contarles que los más grandes que ellos sacaban mejores partidas
pero que ellos ligaban lo mismo porque las chicas andaban todas calentonas
entonces sobraban ellas y faltaban ellos pero no cualquiera por eso a los más
pequeños no los tenían en cuenta como si fuera que estaban con la ley del
gallinero donde los de arriba cagaban a los que estaban más abajo, esas niñas
que para los niños menores eran inalcanzables como las de su propia edad que se
fijaban en los más grandes como si fuera una cadena donde ellos fueran los
únicos pelotudos sin una novia para estar los sábados y los domingos, si apenas
se animaban a mantenerles las miradas cuando se cruzaban en las matinés y en
los selectas donde caían todos los niños del ingenio, los más grandes les
decían que las otras se dejaban tocar y que les podían meter las manos por ahí
donde ellos ya sabían debajo de las polleras recorrerles sin ver con la punta
de los dedos tocar los bordes de las bombachas pero que ese era un privilegio
de ellos y que ellas les habían dicho que no se lo dijeran a nadie menos los
padres pero tampoco a los menores que ya les llegarían sus edades de merecer
pero que los dejaran solos para que aprendieran, ellas justo ellas que después
cuando se dieron cuenta ni siquiera necesitaban yumbina si con un par de
cervezas se quedaban con las piernas y sus bocas abiertas para que los mayores
y los menores les hicieran lo que quisieran.
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