Donde ponía el ojo ponía la bala
el patroncito con las yutas de buenas tetas y caderas en líneas no le importaba
nada y las agarraba en cualquier lugar y a cualquier hora de parado de sentado
recostándolas en algún rincón del gran casco de la estancia, y al cabo de unos
meses aparecían engrosadas y a nadie se le ocurría preguntar de dónde ni hablar
del tema no fuera cosa que pusiera el grito en el cielo y se enojara y dejara
de pagar los jornales de los hermanos de los maridos o las proles que
trabajaban con eso cada uno en las tareas que él les asignaba enseñándoles cómo
tenían que hacerlas y los buenos modales él siempre los aleccionaba de cómo
tenían que hacer para tener lo que él les decía era una vida decente, que le
iban a hacer si además era bueno y generoso y se hacía cargo de las guaguas que
venían además con un pan bajo el brazo, eso decía cuando se tomaba unos vinos
de más en los asaditos abundantes de los descansos largos les repetía haz los
que yo diga no lo que yo haga leguleyo era cuando se ponía cargoso y pintaba el
viejo la arenga en el letargo de las siestas en la finca donde regenteaba una
docena de peones desde tiempos inmemoriales, eso era sus herencia familiar y la
venía defendiendo con uñas y dientes de hermanos y primos que como aves de
rapiña revoloteaban por los legados del abuelo, él les hablaba así, de la misma
manera que les hablaba el curita que caía una vez por semana rezando y
aleccionando de resignaciones y del pan de cada día, bendiciendo a las
criaturas que al cabo llegaban sin preguntar el curita sobre las cochinadas que
se hacían en las proliferaciones, del patroncito que se montaba a las hembras
de la estancia así fueran hembras de otros machos que con él trabajaban en la
cosecha sin ser de su ralea.

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