Con cada madre que aparecía
tocando las aldabas de la parroquia a la hora que fuera como si fuera en el
muro de los lamentos rasguñando la madera de esos portones volteando esas
barreras invocando al señor y a todos los santos que se le ocurrían, el curita
por lo menos se tomaba el trabajo de escuchar con paciencia lo que era lo mismo
para cualquier otro pariente a cualquier hora del día y aún de madrugada, en
esas épocas cuando muchos andaban de procesiones de los vía crucis de cada cual
cuando quien más quien menos desfilaban al ritmo que imponían los matones
persiguiendo a los zurdos por todo el pueblo, el curita escuchaba impávido
bostezando y sacando su lagañas con un pañuelo humedecido, escuchaba todas la
historias de los infelices que se llevaban por averiguación de antecedentes no
entendía sobre eso o se hacía el desentendido pero él acompañaba hablando de
santas resignaciones y de la divina misericordia cuando los otros desesperados
decían que no entendían nada porqué esos uniformados hacían esas cosas en el
pueblo cuando todos se conocían desde el ingeniero para abajo eran vecinos de
siempre, porque se los llevaban y por qué no volvían y por qué no daban
explicaciones a nadie ni siquiera al obispo o al que fuera, y en medio de esos
conciliábulos el curita Keyner aconsejaba las oraciones las abundancias de
misericordia que los otros escuchaban impávidos y descreídos, es que le
peleaban diciendo que eran los de la empresa que todas las cosas que pasaban
las sabían primero en la administración y después por las noches esos a los que
les tocaba, estaban esos que supuraban desesperaciones y estaban los iracundos
que supuraban venenos y le decían al curita que en la aldea todos lo hacían en
nombre de ellos menos esos que lo hacían en el nombre del padre de ese padre
que no los aceptará cuando se mueran que no entendían cómo era que él los confesaba
y en algunos casos les daba la comunión o las extremas unciones cuando sabía
que los otros sabían lo que todos sabían.

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