El tedio las atravesaba de la
misma manera que las atravesaban sus urgencias sus sueños no confesos sus
anhelos, y cada una los manejaba como podía para no embarrar ni embarrase y
perder en la movida, a las dos les convenía y no iban a andar dando marcha
atrás en sus propósitos, mufadas pero así y todo las porfiadas mantenían
testarudas las composturas de esa asociación a regañadientes después de eso
saldrían favorecidas ambas, la vieja que empezaba temprano en la madrugada con
los ruidos en la cocina para preparar el mate que apenas probaba, y arrastrando
las chancletas por todos los rincones de la casa como si no le importara hacer
ruido como si inexorablemente se perdiera o perdiera la memoria que le volvía
con ese cúmulo de mañas que mitigaba sacudiendo el batón en los veranos
perdiendo el tiempo con el cinto del salto de cama en los inviernos, la niña
que después de unas zamarreadas se sentaba en el borde de su cama a esperarla a
la otra para que comenzara de una buena vez con todas las rutinas de todos los
días que era pasar por sus manos y fijarse que lo largo y la suciedad en sus
uñas no fueran o fueran menores, revisar los vellos de brazos y piernas peinar
con rodetes y trenzas que se inventaban todos los días para que los chismosos
del colegio no anduvieran con sus cuentos de que andaba desprolija, esos eran
sus apuros, los de la vieja desesperada con que la niña le termine el
secundario y consiga un marido que la mantenga como corresponde a una señora,
los de la niña desesperada conque la vieja la consintiera que la dejaba hacer
zaguán con los noviecitos que la visitaban, sacarse las calenturas.

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