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Monday, May 18, 2015

Ahíncos rima enojos.


Con la pinta de Hugo del Carril una billetera desbordada como la de un millonario poderoso y una desmedida devoción por sus tres hermosas hijas y particularmente por la más chica que cursaba arquitectura en la universidad que pagaba, el turco Fuad concitaba la mayoría de los chismes de las charlas de las chances de los lances que circulaban cada día por todo el ingenio y sus zonas de influencia entre los pacatos que se daban el lujo de andar de comentarios en forma duradera porque los demás se rompían el lomo en los surcos levantando la caña que se llevaba después en camiones a la fábrica, en los pueblos más importantes y en los lotes más chiquitos o insignificantes donde sus flotas de camiones descargaban cajones y cajones de vino y de cerveza al por mayor cuatro días a la semana en cada bar o en cada cuchitril de una comarca donde los hombres se rompían el lomo de sol a sol y los viernes y sábados a la noche también se rompían descansando hasta que se les borraba la raya del culo de estar largos ratos sentados pero chupándose todo lo que él les abastecía que completaba además con algunas bebidas espirituosas como los coñac o los wiski y otras no tanto que consumían los que eran supervisores y jefes para darse más corte con los coyas que laburaban en el campo y con ellas adobaban las cabezas guateadas o las humitas que comían, con la pinta de Hugo del carril y una vida de asceta desde que enviudara y quedara solo con sus tres niñas y una perseverancia que sacaba ponzoña de las víboras que se juntaban en las misas tempranas del cura Keyner en la parroquia de la avenida a murmurar que algo escondía que no era posible que se portara tan bien que no hay hombres tan puntillosos, el turco Fuad concitaba los comentarios ordinarios tejemanejes de murmullos lo cuchicheos y largos susurros  más que de los otros de las damas calentonas y en edades de merecer deseosas que el desviara la mirada para mirarlas, en medio de todo eso el perseveraba con su asistencia y sus contriciones en las ceremonias que el cura daba en latín los domingos en la misa de las diez de la mañana impecablemente calzado en trajes caros y zapatos de charol que perecían un despliegue desproporcionado de sus riquezas ante los otros fieles que lo miraban y hablaban de envidiosos que serían, nunca dejó de ir de dejar sus limosnas tan generosas que el cura bien sabía equivalían a lo que le dejaba el resto de los asistentes de cada una de esas misas limosnas que financiaban los paseos del cura a los lugares donde descansaba de esas tareas de andar arrastrando la sotana por donde anduviera, hasta el día que enterado el turco Fuad que los milicos se habían llevado a su pimpollo por averiguación de antecedentes esos mismos de la reorganización nacional, cuando le fue a pedir al cura su intervención con monseñor para que hablara con los comandantes y el curita a cambio de eso le pidió entereza en los momentos difíciles que si la niña no hizo nada volverá y si hizo había que tener paciencia resignación mientras se comprende a los que luchan por la patria, el turco Fuad se enojó tanto que no se lo vio más por ninguno de los lugares donde andaba, ni a él ni a sus camiones ni a las bebidas con las que los paisanos de los alrededores regaban sus tristezas.


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