Con la pinta de Hugo del Carril
una billetera desbordada como la de un millonario poderoso y una desmedida
devoción por sus tres hermosas hijas y particularmente por la más chica que
cursaba arquitectura en la universidad que pagaba, el turco Fuad concitaba la
mayoría de los chismes de las charlas de las chances de los lances que
circulaban cada día por todo el ingenio y sus zonas de influencia entre los
pacatos que se daban el lujo de andar de comentarios en forma duradera porque
los demás se rompían el lomo en los surcos levantando la caña que se llevaba
después en camiones a la fábrica, en los pueblos más importantes y en los lotes
más chiquitos o insignificantes donde sus flotas de camiones descargaban
cajones y cajones de vino y de cerveza al por mayor cuatro días a la semana en
cada bar o en cada cuchitril de una comarca donde los hombres se rompían el
lomo de sol a sol y los viernes y sábados a la noche también se rompían descansando
hasta que se les borraba la raya del culo de estar largos ratos sentados pero
chupándose todo lo que él les abastecía que completaba además con algunas
bebidas espirituosas como los coñac o los wiski y otras no tanto que consumían
los que eran supervisores y jefes para darse más corte con los coyas que
laburaban en el campo y con ellas adobaban las cabezas guateadas o las humitas que
comían, con la pinta de Hugo del carril y una vida de asceta desde que
enviudara y quedara solo con sus tres niñas y una perseverancia que sacaba
ponzoña de las víboras que se juntaban en las misas tempranas del cura Keyner
en la parroquia de la avenida a murmurar que algo escondía que no era posible
que se portara tan bien que no hay hombres tan puntillosos, el turco Fuad concitaba
los comentarios ordinarios tejemanejes de murmullos lo cuchicheos y largos susurros más que de los otros de las damas calentonas
y en edades de merecer deseosas que el desviara la mirada para mirarlas, en
medio de todo eso el perseveraba con su asistencia y sus contriciones en las
ceremonias que el cura daba en latín los domingos en la misa de las diez de la
mañana impecablemente calzado en trajes caros y zapatos de charol que perecían
un despliegue desproporcionado de sus riquezas ante los otros fieles que lo
miraban y hablaban de envidiosos que serían, nunca dejó de ir de dejar sus
limosnas tan generosas que el cura bien sabía equivalían a lo que le dejaba el
resto de los asistentes de cada una de esas misas limosnas que financiaban los
paseos del cura a los lugares donde descansaba de esas tareas de andar
arrastrando la sotana por donde anduviera, hasta el día que enterado el turco
Fuad que los milicos se habían llevado a su pimpollo por averiguación de
antecedentes esos mismos de la reorganización nacional, cuando le fue a pedir
al cura su intervención con monseñor para que hablara con los comandantes y el
curita a cambio de eso le pidió entereza en los momentos difíciles que si la
niña no hizo nada volverá y si hizo había que tener paciencia resignación
mientras se comprende a los que luchan por la patria, el turco Fuad se enojó
tanto que no se lo vio más por ninguno de los lugares donde andaba, ni a él ni
a sus camiones ni a las bebidas con las que los paisanos de los alrededores
regaban sus tristezas.

No comments:
Post a Comment