Arrastramos el karma de las
conductas lesivas para los otros más que para nosotros cuando transitamos
recorridos que nos fueron hostiles en momentos que probablemente bloqueamos en
nuestras conciencias bajo la admonición legitimada de nuestros victimarios de
reprensiones que nunca llegaron como las imaginamos durante las construcciones
de diques que nosotros supusimos contendrían los borbotones de delirios que nos
llegaron cuando nos tuvieron que llegar , aprendizajes de maldades que hacemos que
los mezquinos nos legaron bajo la forma de testimonios invisibles de las
prendas que no elegimos en las carreras que corremos contra corriente cuando
corremos, las pilladitas que les llamamos de niños, esperando que no nos arruinen
las celebraciones de lo que entendemos por la vida en esas instancias en las
que nos metemos para embromar al que está próximo, allá donde sin confesarlo
sostenemos que los único que interesa es lo propio y que lo ajeno apesta como
una montaña de estiércol, de frescos, de comedidos nomás muy probablemente por
unos denarios de propinas que reparten los de más arriba los que por la forma
en que se mueven andan por infiernos similares de apretar al prójimo como la
forma para tener resultados, puros adornos no nos mejoran al menos de adentro
aunque nos sirvan para adornarnos de afuera, arrastramos el karma de las
conductas lesivas como si eso fuera lo indicado para la supervivencia en el
corazón de la jungla que consolidamos con los mismos que lastimamos estimando
que con eso evitaremos ser lastimados, arrastramos todo lo que arrastramos
dañando, y sin que se nos caiga la cara de vergüenza o digamos esta boca es
mía, por temor tal vez a que el que nos mira entienda que reconocemos, de
verdad, cuando no equivocamos.

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