Muchos eran los cincuenta niños
entre los siete y los doce años que llenaban de gritos y de inquietudes el
salón contiguo a la parroquia los sábados a la tarde que eran los días que el
alemán del cura Keyner no conciliaba el sueño y entonces se paseaba
refunfuñando por los pasillos de los patios internos mientras los catequistas
trataban de controlar las algarabías y los amontonamientos de los niños que más
que aprender el catecismo venían a jugar y a pedir sus raciones del mate cocido
con la tortilla de grasa que repartían como a las cinco de la tarde, mucho
barullo y pocas ganas de entrar en las meditaciones tranquilas del génesis o
los romanos que platicaban los entendidos con las biblias en las manos
explicando por qué el cura rezaba en latín los domingos y qué significaban esas
palabras que nadie entendía que se decían en algunos momentos de la misa donde
solamente se le veía la espalda al sacerdote hincado frente a los altares, iba
y venía el alemán por esos pasillos con las manos atrás como sujetando su
sotana negra y larga y un rosario de madera de roble que le habían traído unos
hacheros del chaco que vinieron con sus niños y la banda de música infantil en
las últimas fiestas patronales, parecía que rezaba sus padrenuestros y
avemarías y sus glorias pero era cuando más espiaba para ver si se cumplían sus
indicaciones y se traían más niños a las comuniones y confirmaciones, muchos
eran los niños y a lo mejor no lo dejaban ni siquiera dar sus oraciones
tranquilo al curita que se paseaba como impaciente y de a ratos se asomaba por
las banderolas del salón para mirar cómo las llevaban sus pastores con los
nuevos fieles enseñándole los pecados veniales y mortales y la importancia de
contar todos los detalles en el confesionario que era donde él se enteraba de
los chismes del pueblo para corregir los que pudiera o pedir ayuda a los capos
del ingenio cuando se trataba de asuntos que estaban lejos de sus alcances, muchos
eran los cincuenta niños pero muchos también los que había puesto para contar
de los evangelios aunque los pequeños no escucharan, muchos los ruidos cuando
jugaban antes de los recogimientos que se pedían cuando comenzaban los rezos de
los finales, ahí sí todos los niños se callaban, tal vez buscando de distinguir
entre sus últimos pecados cuáles los dejaban en el paraíso cuáles pecados los
llevaban a las puertas de los mismos infiernos.

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