Una bestia el negro escupía el acullico de solo estar y se mojaba la
cabeza con agua fría la zarandeaba y ya estaba listo para competir en las
carreras de velocidad o en las de posta en las olimpíadas del colegio que se
hacían cada año en las mismas aulas en los mismos patios del secundario, y lo
maldecían los demás alumnos interesados porque no podían creer el poder de
recuperación del cristiano, para recuperarse tan rápido de las jodas y ganar
todas las carreras que le ponían por delante, era así el preferido de Luna el
profesor de gimnasia que era capaz de discutir de puntualidades para largar las
competencias con quien fuera si era por esperarlo al negro que cerca de alguna
canilla del patio del colegio se sacudía los letargos de noches enteras de vino
y de sexo, rápido andaba apenas le pasaban un par de zapatillas prestadas por
algunos de sus compinches, el pantalón y la remera de gimnasia que también le
prestaban porque desde el segundo año que descollaba nunca había comprado su
equipo más que por falta de plata porque le daba lo mismo correr con esa ropa o
la misma ropa con la que se paseaba en los boliches, una bestia el negro cuando
terminaba chivado por todos lados sonriendo y mostrando unos dientes
amarillentos del pucho y de la coca que no se sacaba de la boca, se sentaba por
unos minutos hasta que le pasaran las agitaciones que era ahí nomás ya que
terminaba, con un pucho y armando de nuevo el acullico, que eran como combustibles
de su propia máquina lo levantaban más que lo acostaban, lo hacían muy rápido
como él que corría en todas las competencia, toda la vida, rápido, como habrá
corrido cuando los milicos lo quisieron atrapar por zurdito, que al lado de él
eran una manga de lentos.

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