Podíamos ir a la loma temprano en
la mañana si no nos tocaba la escuela o hacer algunos mandados, o después del
mediodía de los días que íbamos que entonces eran casi todos los días de
nuestras vidas, subir por las laderas, o lastimarnos las piernas caminando en medio de los cañaverales, porque le habíamos tomado en esos paseos el gustito de pasar
horas sin que nos controlaran y nos retaran sin saber muy bien por qué lo
hacían las viejas nos amenazaban a escobazos mientras los viejos dormían la mona
en sus siestas, podíamos ir temprano o después de esos mediodías en los que
parábamos de correr o de caminar para deglutirnos esas viandas incompletas que
preparábamos nosotros mismos con pan francés y picadillo y alguna gaseosa que a
esas alturas si habíamos salido temprano parecía una infusión por la
temperatura, picnics cuando los resplandores del sol se volvían intensos y fuertes
y las claridades eran más que las oscuridades y las sombras de los sauces
llorones que en fila parecían custodiando el arroyo que bajaba serpenteando
hasta el pueblo, sombras que se estrechaban o se proyectaban sobre el agua lo que
quería decir que mientras merendábamos se nos reducían las formas de escaparle
al sol que partía nuestras cabezas, podíamos ir a la mañana temprano o justo después
del mediodía pero nunca charlábamos en las primeras incursiones que hacíamos al
monte cerrado lleno de arbustos y ruidos de animalitos de toda laya que nunca
veíamos como los loros que se divertían encima de los eucaliptos o los grillos
que se quedaban pegados igual que los coyuyos en los troncos de los árboles, podíamos
andar en cualquier momento y nadie nos paraba con nuestras chiquilinadas que no
eran cosas mayores no mucho más que colgarse de ramas y lianas y encender
fueguitos con hojas secas, hasta los atardeceres, cuando nos sentábamos para
descansar y entonces él, que los había visto y los veía siempre empezaba con
las historias de los duendes que nos rodeaban, y armaba sus cuentos de tal
manera que presentíamos sombras en las sombras, oscuridades más que claridades,
en los ocasos, armaba la intriga que él como era el más grande de todos habrá
tenido justo a mano para sosegarnos.

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