La parte más delgada del hilo eran ellos y como eran casi todos
ancianos, lagrimeaban, lloraban, se cagaban y se meaban de la impotencia de no
poder negarse ante la infamia de cargarlos a todos en un camión como si fueran
vacas que van al matadero, pero la orden estaba dada y en dos noches los
vehículos livianos y pesados del comando general patrullaron la ciudad buscándolos
como si fueran lo peor de los zurdos con los que luchaban que en algunos
lugares los hacían cagar como hijos de vecinos aún con todas la ventajas que
estos del comando contaban, con pertrechos armas y refuerzos para la lucha en
la que estaban metidos, el hilo se corta por lo más delgado y ellos eran la
parte más delgada de ese hilo de transeúntes solitarios que merodeaban por
veredas y calles buscando el alimento del día y algunas monedas extras para
comprar cigarrillos y reponer algunos de los utensilios que formaban parte de
sus cocinas, ambulantes como ellos, viejos eran en su mayoría y no tenían quien
los defendiera con los patoteros que los siguieron por esos días, así que
temblaban y se entregaban mansamente a las indicaciones de esos que los subían
a sus vehículos y fuera invierno o verano los llevaban hasta unos canchones
donde guardaban los vehículos y los amontonaban sobre la playa y los manguareaban
con agua fría burlándose de la pestilencia de sus mugres que sacaban con esas
mangueras, purificaciones de acá mientras estuvieran por acá mientras fueran
vecinos venidos a menos, eso y un par de pan de jabones con glicerinas que tiraban
en el medio para que los utilizaran, la parte más delgada del hilo eran ellos
que tenían que aguantarse con la boca cerrada todas estas prepotencias que
terminaban con andrajos amontonados a un costado de la playa de donde les
hacían elegir lo que necesitaran a los gritos que no despreciaran porque serían
ropa vieja pero al menos limpia, los viejos, lagrimeaban, lloraban, se meaban y
se cagaban de la impotencia y la tristeza, pero no había caso, no había forma
que eso fuera diferente, el jefe del operativo independencia había dado las órdenes
precisas de todas estas barbaridades, a sus comandantes chupamedias, cabos y
sargentos mayores y matones, que los juntaran a todos en un camión, a todos los
linyeras mendigos indigentes que pudieran, y los llevaran allá bien lejos de acá hasta una ciudad que
esté los más lejos posible y los dejaran por las calles, como si estuvieran
sembrando en un jardín de mierda, con la comisión de vecinos probos había
acordado que la ciudad no podía tener sus menesterosos propios.

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