Todos los benditos años lo mismo,
parecía una ceremonia como las que daba el cura Keyner en latín que no se le
entendía nada y menos cuando hablaba de espalda a los fieles como si le hablara
al altar de la parroquia, todos los benditos carnavales grandes chicos y
repechajes lo mismo paso por paso, cumplíamos con el ritual, viejos y
tiernitos, altos y flacos, hembras y machos, pelados y peludos, cuando
largábamos las tarantelas comenzaba el desenfreno, un poco menos con el paso
doble porque era un baile que exigía conocer los toques y las cortadas y en el
club Boca había una sola pareja que los sabía y que iba de vez en cuando, los
Lobo, ahí con las tarantelas los varoncitos tocábamos culos y tetas mientras
bailábamos, disimulados debajo de vestidos o blusas o pantalones mojados que
marcaban las prendas íntimas de las damas que creíamos también metían sus manos
porque bailaban igual de contentas que todos, toda la picaresca junta en esos
veinte o treinta minutos que la orquesta o la banda que estuviera le dedicaba a
las tarantelas, sacaba el espíritu de tanos de los que hubiera aunque no lo
fueran que enloquecíamos antes que comenzaran los otros momentos, como la
típica que era puro tango y milonga, el momento de la selección de los
iracundos, hasta que, igual que todos esos malditos años que pasaron, en algún
momento volvía el desenfreno a esos bailes en los que no entraban los fríos
solo andábamos por la pista los tibios y los calentones, ese momento era cuando
largaban con los temas de los wawancó.

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