De pronto hileras de vecinos se agolparon en las inmediaciones de la
municipalidad, del pueblo chico donde todos se conocían que pasó a pueblo chico
infierno grande, cada uno que llegaba al escritorio de la audiencia de cinco
minutos controlados por el reloj incluidos los saludos protocolares, cada uno hablaba
mal de alguno y así como si fuera una cadena de chismes de dimes y de diretes,
de pronto amigos convertidos en enemigos al menos en sospechosos de que andaban
metidos en algo, que por algo será que los siguen, con los zurdos que quieren
cambiar la costumbre de la gente, esa costumbre de tener una casita y vivir
tranquilamente con trabajo aunque la platita no alcance hasta fin de mes y se
agarren los mates para matar el hambre, de pronto la dicharachera costumbre de sentirse
una gran familia transformada en un sálvese quien pueda, reacción, miedo, en fila,
silenciosos y ordenados, como recibieron la orden, para tener una audiencia con
el mayor Arenas, el secretario un maestro puntilloso y afable los fue anotando
también meticuloso en un cuaderno Rivadavia que el otro le dijo al contador que
le diera y una bic como símbolos de los ahorros del erario que se harían de ahí
en más para compensar los dispendios de todos los que estuvieron antes, de
pronto esos vecinos quisieron hacerse ver y de paso contarle sobre las cuitas
del pueblo que el otro venido desde lejos no conocía, y de paso pegar los
mangazos que no se habían cerrado mientras estuvieron los otros, más que los
demás ese médico que no se sabía si era radical o peronista que alardeaba de
apretarla a la empresa con los impuestos cuando la empresa le daba vueltas y le
discutía con uñas y dientes las tasas que quería poner y que nunca se pagaban,
de pronto los vecinos día por día se amontonaron pidiendo viviendas y centros
de salud en sus barrios, parroquias en algunos y que se cumplieran los planes
de construcción de las escuelas prometidas por los otros los que decían que representaban
a la democracia, y en medio de los pedidos, quedando bien hablaban mal de los
demás de todos los que pudieran para demarcarse de las vigilancias del milico
que, según lo que contaban, las hacía con vehículos y personal del ingenio.

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