Quedamos a merced que el referí se diera cuenta y tocara el silbato o
que los cuidadores, los jueces de línea levantaran sus banderines marcando la posición adelantada, ni más ni
menos quedamos ahí sin los unos que eran los propios las amigos las gambas en
los asaltos donde pasaban discos de los iracundos, quedamos sin ellos y con los
otros que eran extraños, cuando todo empezó, los comandantes, esos que nos
explicaron a las apuradas cómo había que depurar al mundo de hipócritas y codiciosos,
quitar a los que tenían para dárselo a los pobres, esos cancheros que miramos
como valientes adalides de un mundo diferente, los amigos salieron como ratas
de sus cuevas, dispersos, corriendo, esquivos, como si ellos hubieran sabido
muy bien lo qué tenían que hacer cuando vinieran las emergencias, simplemente
se fueron, desaparecieron como arte de magia, muchos internados en el mar de
los cañaverales que rodeaban al pueblo, con la excepción de un par de
compañeros que la policía acribilló a balazos cerca de la curva de Palo Blanco
o Chalicán las noticias fueron inciertas, cuando escapaban después de colocar
la última bomba, y la excepción de unos diez compañeros que como nosotros fueron
y vinieron cayeron por no acordarse el número de documento de memoria y por
averiguación de antecedentes, cuando todo empezó los otros los iracundos que no
eran ya los de puerto Mont, esos que parecían enemigos y lo fueron cayeron con
cara de sota con su camionetas prestados con obleas del ingenio o de la
municipalidad que estuvo copada de uniformados, cayeron los otros con sus
comunicados número que se escuchaban por radio con interferencias por radio el
mundo, cuando llegaron los otros pateando puertas de vecinos con cara de nada, los
otros cayeron con cara de piedra sospechando de todos casándose con nadie pidiendo
instrucciones que llegaban por télex y cifrados al sucucho de la empresa
montado al efecto, cuando todo empezó todos quedamos en el medio, esperando las
instrucciones que no llegaron explicando los que no entendimos muy bien,
incautos, desorientados, culpables, de los nervios de los milicos, como los
nuestros, que andaban sacados de quicio, como nosotros, sin saber muy bien qué
hacer hasta que dieron las primeras señales que supieron, quedamos ahí sin
manos que se tendieran hacia nosotros, sin saber qué hacer sin los amigos que
se fueron y los enemigos que llegaron, y en el medio, como nosotros, los
vecinos, esa chusma, esos chismosos en muchedumbres, donde los enemigos fueron
siendo casi amigos y los amigos se fueron convirtiendo en enemigos.

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