Pregonazo se zambullía en las
calles oscuras de madrugada, repartiendo los diarios que llegaban a la terminal
con el Balut de las cinco de la mañana, eran veinte domicilios a los que tenía
que llegar y él lo hacía porque sabía que lo esperaban por los postigos
iluminados de las casas donde iba, lo espiaban y si no llegaba después lo
buscaban para retarlo los adustos señores que se veía que leían las noticias
antes de llegar a sus trabajos, religiosamente, pregonazo llegaba a esos
domicilios hasta las siete de la mañana, eso era lo que le mantenía los
clientes, que divulgaban sus responsabilidades y puntualidades, Pregonazo se
zambullía, más que en otras estaciones en los inviernos, en las calles oscuras
repartiendo los diarios y él también espiaba, por las mismas calles oscuras por
donde circulaban las camionetas de la empresa, también desde temprano, con
supervisores y laburantes que rumbeaban al surco, a los canchones o a donde
fuera, ellos lo reconocían entre las oscuridades y, a veces con palmadas en las
espaldas lo saludaban de paso, por las mismas calles por donde circulaban las
camionetas y los camiones de la empresa cuando hacían esas redadas de renegados,
de comunistas infiltrados como decían ellos, entrando de prepo en las casas y
sacando a los que buscaban a los empujones y culatazos para llevarlos hasta la
comisaría por averiguación de antecedentes, ellos también, lo reconocían y a
veces lo saludaban con palmadas en las espaldas, como si él fuera un tonto que con
palmadas se quedaba, como si no sabría lo que los otros hacían entre sombras y
alumbrados, esos otros que si se hubieran interesado hubieran sabido que él no
era un tonto, que si le preguntaban hablaba, de a dónde iban y a dónde venían
esos vehículos que circulaban, que él no era tonto que él solo era un borracho
consuetudinario.

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