Como si fueran olas las cañas se
doblaban con el aire y con nuestros cuerpos en la carrera escapando para que no
nos alcanzara abriendo senderos en ese mar de cañaverales verde mar de hojas
largas llenas de janas y de mosquitos revoloteando mientras escapábamos del
chacarero, el corazón se nos salía del pecho más que de la agitación pensando
que nos alcanzaba y caeríamos en manos de algún tribunal de viejos bigotudos y
malos que nos castigarían por andar donde no debíamos, pero nunca pasaba era a
la distancia que lo veíamos como creíamos que él nos veía, y que sin verle
nunca la cara por esa distancia y por su sombrero de mucha ala o los pañuelos mojados
que se ataba a la cabeza para resistir el sol que partía la tierra en las
siestas interminables, nos hacía sentir que andaba cerca siempre y nunca
llegaba hasta donde estábamos, y nosotros lo presentíamos como cómplice de
nuestras ingeniosas fechorías, que no eran demasiadas pero que hacíamos en terrenos
que no eran de nosotros ni los patios de las casas donde vivíamos, eran
hectáreas enteras de plantaciones de los dueños que el baqueano cuidaba yendo y
viniendo con su caballo por el borde de los cañaverales, nosotros siempre
corríamos por ese inmenso océano que en unos meses se desmontaba en la zafra con
fuego y machete de los zafreros y el jinete con su mula perezosa siempre estaba
aunque nunca llegara ni nunca nos alcanzara, como si sólo quisiera que nos asustáramos
y nos diéramos cuenta que podíamos jugar mientras no lo jodiéramos, a él
también, seguramente lo vigilaban como nos vigilaba.

No comments:
Post a Comment