Con Franklin apenas nos cruzamos
ráfagas de tiempo en cuarenta y ocho horas que pasamos cerca allá, en algún momento
de algo que tiene que haber sido mil novecientos sesenta y cuatro, él estaba cerca
de morirse y había dado la orden de convocar a toda la familia para una foto de
las que se sacaban entonces, para las que tenían que estar todos los que
quisieran estar y entonces llegaba recién el fotógrafo con sus aparatos pesados
y delicados y flash, hacía todas las tomas que pidieran, los de la familia emperifolladlos
hasta en los dientes, las hacía en un espacio de dos horas y se iba para hacer
la parte del revelado en un taller donde solo entraba él, con Franklin nos
cruzamos en aquella oportunidad, en pequeños momentos donde yo jugaba con otros
niños y él caminando apenas iba de un lado a otro sostenido por hijos o
comedidos con unos pijama que en los dos días se cambió como tres veces, el
viejo cruzaba del baño a alguno de los otros lugares de la casa, dejando una
estela de un perfume que es por lo que lo recuerdo ahora, Franklin había sido
un viejo terrateniente ahí ya venido a menos del quebracho santiagueño, que se
había tenido que acostumbrar a regañadientes a las rutinas antipáticas de tener
apenas para el puchero de cada día que en realidad es la rutina de muchos que ni
se quejan, después de haber dejado lo que había acumulado en la mesa de un póquer
hacían un manojo de años nada más, pero a lo que no se acostumbró a ver
disminuir los frascos de todas las formas y pomos y otros envases parecidos que
tenía sobre la cómoda de su cuarto, conteniendo las fragancias más variadas de
lavandas o de colonias inglesas que compraba en las ferias de los domingos
rematadas por nada porque estaban usadas o con el envase con signos evidentes
del paso del tiempo, con Franklin nos cruzamos solo unos momentos de esas
cuarentaiocho oras de mil novecientos sesenta y cuatro, el no me dirigió la
palabra tal vez ni me hay tenido registrado por la maraña de tipos de la
familia que rondaron la casa, importante, esos días, pero yo sí lo escuche comentarse
lo a otros que se puede ser pobre, que eso es cara o cecas, pero eso no quiere
decir que se pierdan la buenas maneras cuando se aprenden las buenas maneras,
como la de ser limpios, y no tener malos olores, que aunque los perfumes sean baratos
u ordinarios sobre el cuerpo sacan fragancias impensables, y que eso es defenderse
en la dignidad que se va perdiendo cuando la muerte se acerca, Franklin murió
un año después, o dos no los recuerdo, mi padre su hijo viajó como
cuatrocientos kilómetros para estar en sus funerales a la edad de noventa y
tres años, yo tenía entonces apenas diez, pero todavía llevo el recuerdo de ese
discurso que vaya a saber que entendí cuando lo escuché sin que se diera cuenta
nadie en épocas que se decía que los más chicos no tienen que meterse en las conversaciones
de los grandes.

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