Cuando los parroquianos entraban
en sus limbos, bien comidos y bien enfundados en sus camisones y piyamas,
cuando los parroquianos entraban con Orfeo a sus sueños reparadores, roncando
panza arriba o fornicando con sus doncellas en prevaricaciones perfumadas con
inciensos, cuando ellos se dormían, los otros se despertaban los matones que después
de apagar los despertadores salían a recorrer el pueblo patrullando para
detectar los movimientos de células subversivas que aprovechaban las sombras
para hacer correr lo que planeaban, sus estrategias de romper el sistema que
estaba podrido, cuando los parroquianos entraban en sus sueños y pesadillas los
otros salían por las calles del ingenio también con sus propias pesadilla de
andar persiguiendo parientes y amigos, allanando las casas marcadas con brocha
gorda y pintura blanca por otro grupo de madrugadores que recorriendo los
mismos itinerarios llevaba dos negros ágiles que se dedicaban a marcar como si
nada, mandando en cana a cualquiera porque al final no pasaba nadie que fuera
controlando los nombres y apellidos que se señalaban en los listados que
enviaba el carancho y los infelices que al final tenían la mala suerte que le
cayeran los matones y se los llevaran para no devolverlos, siempre en
averiguación de antecedentes, siempre a merced del juez de paz que acurrucado
en aposentos confortables también dormía y también fornicaba igual que los
parroquianos que las sufrían de punta a punta a las disposiciones que anotaba
en sus libros de entrada y de salida en sus libros de oficios en sus libros de
actuaciones.

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