En el apagón, los resplandores de
los faros y los reflectores con haz de luces que cruzaban el horizonte oscuro,
el sol de noche replicado docenas de veces al norte, al sur, al este o al oeste
de los lugares o los puntos donde los matones se plantaban para seguir con su
miradas y sus alientos en las nucas a los milicos cumpliendo el trabajo de
meter miedo, de andar intimando a toda la manga de pelotuditos tirados a
revoltosos, subirlos a los camiones y camionetas y llevarlos en cana por
averiguación de antecedentes, las fosforescencias de las luces amarillentas de
las linternas, que titilaban, igual que las trepidaciones producto de los
temblores de los deudos pero también de esos prepotentes y nerviosos gendarmes
y civiles con instrucciones de asustar hasta el punto de escarmiento, luces y
reflejos de luces como estrellas alumbrando apenas un firmamento negro, interminable,
echaban luces y sombras, y reflejos de relámpagos artificiales sobre cuadros,
pilas de gente sorprendida en distintos lugares, de ocio por el sábado que es
el día anterior a los días en que cambian los turnos en la fábrica y entonces
hay en las calles gente que está de descansos largos y otros pocos durmiendo de
francos cortos, fueron esos mismos detrás de las luces que permanecían ahí como
vizcachas asustadas de pronto y palpitando resignadas ante las posibilidades de
finales inciertos, avispados de escapar aprovechando las confusiones de caer
ahí nomás presa de esas reacciones que eran parecidas a amotinamientos, de otra
gente con distintos uniformes buscando culpables oscuros en medio de
oscuridades entre cientos de inocentes alumbrados y asombrados, tantos
inocentes como luces alumbraban las llanuras de esas extensiones.

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