Alumbradas por los cientos de sol
de noche que aparecieron de golpe en el firmamento del pueblo entonces, las
copas de los lapachos castigadas por las heladas que precedieron a los días del
invierno que pasaba, completaban un cuadro lúgubre ambientes de fantasmas
asustados confundidos en troncos y ramas, escarchadas, como si de golpe esos
espectros sorprendidos hubieran alzado sus brazos y abierto sus manos para
parar antes que sucedieran muertes y lloriqueos de plañideras, destrucciones
golpes prepotencias, las copas de esos lapachos sin brevas ni floraciones en la
avenida de entrada, lejos de las quemas de las malezas y las chalas en los
surcos que en las distancias, en los cañaverales, confirmaban la iniciación de
otra zafra, una cosecha más de lomear para llevar la caña hasta la coca grande
de los trapiches que esperaban en las playas para alimentar la fábrica, como focos
de otras luces lejanas en el horizonte que apenas llegaban como resplandores
que después de unos minutos cesaban, alumbradas las copas de los lapachos sin
hojas y en savias de invernadas aparecían como gigantes protectores advirtiendo
en exabruptos que lo que acontecía estaba mal, que eso no estaba bien, que no
entendían eso de transitar oscuridades con lámparas en una mano y armas en las otras
aunque fueran armas que no servían, con que asustaran alcanzaba, en la avenida
de entrada a esos barrios en eso conventillos, donde el carancho vigilaba de
acuerdo a instrucciones precisas recibidas del ingeniero, más contento que
preocupado porque iba viendo que su esfuerzo no caía como los de otros en saco
roto, que los que vigilaba iban entendiendo la reglas no escritas de los nuevos
tiempos, que se destruye lo que no es constructivo, que los constructivo se
mejora que es lo que le conviene a la empresa y por lo tanto a sus obreros y
empleados que todo los demás entran dentro de las bolsas de las
insubordinaciones, y que eso se castiga, que para eso son las leyes y las
órdenes del juez de paz y las resoluciones de la intervención militar, que hay
que darse cuenta de mirar para otro lado cuando se pone espeso el caldo, que
hay que darse cuenta que es mejor ser discreto que bocina, aunque haya veces
que no se puede esquivar el pecho y otras que hay que hay que andar soltando el
rollo, como los fantasmas esos, como esos gigantes que daban en perfiles las
copas desnudas de esos lapachos en la mitad del inviernos, entre las sombras y
las luces.

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