Mirados desde la copa de los
árboles donde estaban apostados los matones, los vehículos que circulaban en un
sentido o en el otro, parecían movedizos arbolitos de navidad puestos de pronto
sobre la ruta treinta y cuatro en trancas en la frontera entre el jardín de la
república y la madre de las ciudades, iban y venían, como luciérnagas volando
en círculos a tientas, más en las noches que en los días, iluminados por afuera
y por adentro según las indicaciones que daban los milicos para andar por ese
tramo a no mucho más que de cuarenta quilómetros, tenues luces interiores de
pequeños foquitos dejaban más sombras que claridades adentro, fuertes luces las
de los faros que penetraban en el túnel oscuro que se abría hacia adelante
dejaban más sombras que claridades afuera, aunque los perfiles de los que
circulaban, con buena vista se distinguían lo suficiente como para salir de una
emergencia de tiroteo cruzado si eran subversivos camuflados de viajeros,
sombras silenciosas de fantasmas que viajaban desde cualquier lado a ninguna
parte, sin entender, probablemente, que los matones apostados custodiaban el
proceso de reorganización nacional, comentó el carancho a sus acompañantes
cuando iban a entrevistarse con esas comisiones de derechos humanos o algo
parecido, comisiones con misiones claras para cuestiones oscuras, se reía,
porque, a río revuelto ganancias de pescadores, él había elegido eso a las
comisiones con misiones oscuras para cuestiones claras, de esas hablaba con el
ingeniero.

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