En los instantes indicados cada
día, dos días de la semana miércoles y viernes, de ocho a diez veces al mes,
varias veces en el año y no sé cuántas veces en cuántos años, estuvimos
corriendo por el camino que separaba la pantalla de la casa de piedra, una
multitud de niños éramos libres en bandas de libres, el flaco y el gordo,
chala, el gallego, los gallitos, para ver a lo lejos ese enorme monstruo
irguiéndose de la superficie firme en dirección al firmamento, para ver esa
enorme serpiente blanca arrastrándose y apareciendo en la espesura verde de los
interminables cañaverales por donde, cuando era de día andaba el chacarero que
cuando nos veía espoleaba a su cabalgadura para que galopara, y cuando era de
noche andaba el familiar buscando almas escondidas o almas en penas,
escabulléndose de los cazadores de leyendas y fantasmas que no éramos nosotros,
perseguidos de día por el chacarero y de noche por el temor de caer en las
garras del familiar ese que no sabíamos si te comía o te terminaba triturando
enroscándose en un árbol, que era lo que no hacía esa enorme serpiente que,
cuando se iba acercando, emitía unos trac trac trac trac, como si su
impresionante geografía estuviera fabricada del metal más duro, estuvimos
corriendo una y otra vez para verla en los acercamientos para verla pasar cerca
nuestro, en minutos indicados cada hora, de las horas más de la horas menos de
esos días en que el coche motor, atestado de gente cuya silueta veíamos a
trasluz de las ventanas de la mole que pasaba acelerada, traccionaba entrando a
la estación del pueblo, cerca nuestro, cuando sonaba su bocina dos veces, como si
el conductor supiera que estábamos donde puntualmente estuvimos yendo en cada
cita de estas, como si el conductor supiera que por allá, entre la casa de
piedra y la pantalla siempre, había niños asustados con el chacarero o con el
familiar del ingenio.

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