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Thursday, June 19, 2014

Islas rima serenidades.



Cada detonación del aire comprimido de Jorgín despertaba una caterva, una bandada entera de loros que dormitaban en la siesta caldeada, en las ramas más altas de los eucaliptos de la isla, cada detonación los ponía como locos, histéricos si eso era posible, neurasténicos bramaban en esos graznidos agudos que desde abajo se escuchaban como se escuchaban los aleteos multiplicados de sus alas en sus planeos desesperados huyendo del plomo, todo era una fiesta en el silencio modorriento, de ese páramo, que era una especie de oasis en medio de un mar verde de cañas de azúcar, que como olas verdosas y amarillentas se inclinaban en la dirección del viento, apagando el movimiento al horizonte, cada detonación los asustaba y se desplegaban todos juntos, como si fueran formaciones enteras de murgas en los corsos de carnaval grande en la avenida Libertad, un montón de loros con alas coloradas y amarillas, jaspeadas de infinitos otros colores propios de sus ancestros los tucanes, que ahí brillaban por su ausencia, cada detonación del aire comprimido de Jorgín provocaba despliegues de abanicos de todos los colores que se transformaban en repliegues, como ventiladores pintados con témpera que se abrían y se cerraban girando con eje en esos árboles añosos viejos testigos de madera, filas desordenadas de animalejos que se cerraban a los pocos minutos, mientras en el monte los ecos del disparo se escuchaban a la distancia como si se fueran internando en el chaco vecino, bien lejos, de donde estábamos, cada detonación del calibre veintidós de Jorgín nos apuraba los latidos del corazón presintiendo que en cualquier momento además de la bosta de los loros caería alguno que según los barulleros se podía cocinar y comer como una paloma, cada detonación nos apuraba el pulso igual que se nos apuraba la circulación pensando en las mentiras que teníamos que decir, cuando volviéramos, para explicar qué carajos hacíamos en el páramo tan vació y lejos de nuestras casas, todo sin los permisos correspondientes, sin provisiones, una manga de niños entusiasmados e irresponsables, cada detonación del aire comprimido de Jorgín asustaba a los loros, y poco y nada a nosotros, que mirando a Jorgín soñábamos con ser John Waine el llanero solitario o el vaquero que fuera, cada detonación pasaba eso, menos en la última que nos asustamos todos, los loros y nosotros, en un descanso el rifle se disparó para cualquier lado y la bala perforó el muslo de Pinky de un extremo a otro sin tocar un milímetro de hueso, con eso nos asustamos todos, las sangre se desparramaba en dos chorros incontenibles en la mitad de la pierna, que Jorgín entablilló con un torniquete en unos minutos, Pinky estaba pálido, pero no dijo una palabra, ni esta boca es mía.






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