Cada detonación del aire
comprimido de Jorgín despertaba una caterva, una bandada entera de loros que
dormitaban en la siesta caldeada, en las ramas más altas de los eucaliptos de
la isla, cada detonación los ponía como locos, histéricos si eso era posible,
neurasténicos bramaban en esos graznidos agudos que desde abajo se escuchaban como
se escuchaban los aleteos multiplicados de sus alas en sus planeos desesperados
huyendo del plomo, todo era una fiesta en el silencio modorriento, de ese
páramo, que era una especie de oasis en medio de un mar verde de cañas de
azúcar, que como olas verdosas y amarillentas se inclinaban en la dirección del
viento, apagando el movimiento al horizonte, cada detonación los asustaba y se
desplegaban todos juntos, como si fueran formaciones enteras de murgas en los
corsos de carnaval grande en la avenida Libertad, un montón de loros con alas
coloradas y amarillas, jaspeadas de infinitos otros colores propios de sus
ancestros los tucanes, que ahí brillaban por su ausencia, cada detonación del
aire comprimido de Jorgín provocaba despliegues de abanicos de todos los
colores que se transformaban en repliegues, como ventiladores pintados con
témpera que se abrían y se cerraban girando con eje en esos árboles añosos
viejos testigos de madera, filas desordenadas de animalejos que se cerraban a
los pocos minutos, mientras en el monte los ecos del disparo se escuchaban a la
distancia como si se fueran internando en el chaco vecino, bien lejos, de donde
estábamos, cada detonación del calibre veintidós de Jorgín nos apuraba los
latidos del corazón presintiendo que en cualquier momento además de la bosta de
los loros caería alguno que según los barulleros se podía cocinar y comer como
una paloma, cada detonación nos apuraba el pulso igual que se nos apuraba la
circulación pensando en las mentiras que teníamos que decir, cuando
volviéramos, para explicar qué carajos hacíamos en el páramo tan vació y lejos
de nuestras casas, todo sin los permisos correspondientes, sin provisiones, una
manga de niños entusiasmados e irresponsables, cada detonación del aire
comprimido de Jorgín asustaba a los loros, y poco y nada a nosotros, que
mirando a Jorgín soñábamos con ser John Waine el llanero solitario o el vaquero
que fuera, cada detonación pasaba eso, menos en la última que nos asustamos
todos, los loros y nosotros, en un descanso el rifle se disparó para cualquier
lado y la bala perforó el muslo de Pinky de un extremo a otro sin tocar un
milímetro de hueso, con eso nos asustamos todos, las sangre se desparramaba en
dos chorros incontenibles en la mitad de la pierna, que Jorgín entablilló con
un torniquete en unos minutos, Pinky estaba pálido, pero no dijo una palabra,
ni esta boca es mía.


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