Las neurastenias que unos minutos
antes eran su mundo sus mundos, y que ellos pasaban en silencio, entre cielos e
infiernos, lloriqueando por esos cuadros no deseados, sin entender demasiado
sus culpas para desencadenarlos, porque qué más podrían haber hecho que abrir
los ojitos desconcertados por los gritos, las discusiones, los rezongues
pesados del viejo quedaban en la historia, apenas los niños ponían una pata en
los ladrillos de la vereda, todas las arengas las reminiscencias a su vida
pasada y a sus decisiones ejemplares, según sus propias declaraciones,
martirizándolos con que él era bien distinto a sus edades, todo esos, esos
torbellinos de líos de enredos, apenas pisaban esos ladrillos desteñidos y
rotos que a lo largo de unos cincuenta metros pasaba por todo su mundo de
entonces sus mundo otros mundos, distinto a ese otro que siempre venía con
malos augurios, un mundo otro mundo circunscrito en esos días al chorizo que
empezaba en la casa de los Brandan que eran un montón entre los padres y como
diez hermanos algunos ya con sus mujeres, y terminaba en el ante patio del
atrio de la iglesia, una iglesia grande, imponente, que desentonaba con el tamaño
del pueblito porque los dueños del ingenio habían puesto toda la plata para
hacerla, entera, apenas pisaban otras arenas, las renegadas quedaban en la
historia, mientras ellos caminaban derecho al cine teatro del ingenio, el otro
mundo de sus mundos su mundo, ese nuevo universos en el otro extremo del
primero, habitado por los sucesos argentinos y las peripecias de Elvis en
Acapulco, habitado por los fantasmas de ese cantinflas de bigotitos finos,
apenas una línea sobre sus labios superiores y los pantalones a la altura de la
raya del culo, justo hasta esta donde no se viera.

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