Cuando están en celos los monos perezosos después de andar detrás de las
hembras viendo si pillan alguna descuidada, se recuestan en la primera sombra
que encuentran en la jaula grande, y ni pochoclos ni amenazas con los látigos
que hacen los chasquidos de los domadores para ver si los avispan para que entretengan
a la gente, pueden con sus fiacas a la hora de las siestas cuando el calor los
aletarga, menos uno, que es del que se ríen como si se dieran cuenta que no es
como ellos, que pasea bien despierto y distraído, con las manos atrás como si
estuviera cavilando, distraído o chupándose los dedos, aburrido, ahí quedan todos
los demás sin mezclarse con ellas en épocas de cuarentenas, por unas horas con
los ojos semi cerrados tirándose pedos y largando carcajadas y agarrándose las
panzas cada vez que el perico, que no es perezoso y mueve el pico corvo y la
lengua con una precisión increíble, larga varias veces el puto que los payasos
de tanto repetirle le han enseñado a gritarle al mono solitario y triste, que
no lo casca porque se tiene que dar cuenta que repite otras cosas como nombres
de personas colores o lo que fuera de palabras que largaran frente a él los que
andan cerca, por eso es que el malabarista le llegó con las quejas al gordo del
dueño diciendo que en realidad no lo cargan al monos sino que se lo están
diciendo a él por elevación y que si él no hace nada él no le asegura que no lo
vaya a hacer él mismo por su cuenta porque encima que se rían de él se ríen de
sus animales, y después de todo si uno es maricón qué, le dijo ese artista harto
que se llamaba José que se fue con el otro José la misma noche del quilombo,
mientras el pavo real haciendo monerías en la pista, acicateado por los
payasos, desplegaba para asombro de muchos el abanico multicolor de su cola
maravillosa, como el abanico de una dama distinguida le dijo José a José
mirando desde lejos.

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