Cuando llegaba el momento de los
conteos, cuando las cosas pasaban de castaño claro a castaño oscuro, cuando el
enjambre de versiones y comentarios se iba haciendo más grande con los
chusmeríos que corrían por los pasillos de penal, lleno de gente hacinada sucia
maloliente, mezclada con miliquitos pulcros a la fuera que olían a jabón de
lavara ordinario y colonia lavanda, estos sentados en escritorios improvisados
en rincones insólito, tenían sus versiones siempre restando los números que por
ahí se tiraban a medida que pasaban los días, si los cuentos deban cuenta de
una bardeada la noche anterior con quince compañeros ellos contestaban que
fueron diez y repetían las mismas sustracciones como si estuvieran en una clase
de tercer grado con una maestra gorda y mala que los obligaba puntero en mano a
probar hasta que lleguen al resultado, cuando llegaban los momentos peores por
los que ellos se daban cuenta que el horno no estaba para bollos, en los
conteos después de las noches de desvelos fuertes de picanas y confesiones, de
lavados de cerebro que hacían los oficiales que se desaparecían de día y
volvían después de las once de las noches, ellos contaban siempre de más al
revés de los otros que contaban menos, si decían que habían caído veinte
compañeros en palomitas lña noche anterior, ellos hacían circular a propósito
que fueron cuarenta para que eso llegara a sus familiares para que apuraran los
trámites para que los dejaran de privar de su derechos constitucionales, se acordaban
mientras los milicos contaban de menos ellos contaban de más como si se
hubieran puesto de acuerdo para ir haciendo más mentiras las verdades y más
verdades a las mentiras que circulaban por esos días de averiguación de
antecedentes, al carancho doctor iracundo no se le pasaba nada.

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